viernes, 17 de septiembre de 2010

Y la Guerra Civil se coló en la beatificación


Angelo Amato, delegado del Papa, hace un ejercicio de memoria selectiva en la ceremonia de beatificación de Fray Leopoldo en Armilla (Granada)

Fray Leopoldo de Alpandeire, el limosnero de Dios, acababa de subir a los altares. Había terminado el rito de la beatificación previo a la Eucaristía. Muchos devotos fervorosos gritaban: “Viva fray Leopoldo”. Otros, lloraban. El calor apretaba y los servicios de emergencia ya habían atendido a más de una veintena de asistentes, la mayoría por lipotimias. El escenario, de proporciones gigantescas, instalado días atrás en la base aérea de Armilla (Granada), se había convertido en altar. Allí lucían las mitras: cardenales, arzobispos, obispos…
El oficio litúrgico había comenzado. Hablaba el delegado del Papa, el arzobispo Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos. Amato, que será designado cardenal en el próximo cónclave, pronunciaba la homilía. Repasaba la vida de fray Leopoldo para destacar su bondad y demostrar a los fieles el camino de la santidad. De pronto, en plena homilía, el representante del Vaticano se detuvo en la historia. “Llegó el tiempo triste de la persecución religiosa, el tiempo en el que querían acabar con la Iglesia; los conventos quemados, los religiosos y monjas expulsados o asesinados”, dijo, al referirse a la Guerra Civil.
“¿Qué está diciendo?”, se preguntaron algunos periodistas. La audición no acompañaba pese al despliegue de medios y a los elevados costes de organización del acto (1,5 millones de euros). Amato seguía hurgando en el pasado con una memoria selectiva: “Sin un proceso legal fueron asesinados trece obispos, más de 4.000 sacerdotes y cerca de 300 monjas”. El arzobispo comparó después aquella matanza con las persecuciones romanas contra los cristianos. “Según los historiadores, una hecatombe de estas magnitudes en el breve periodo de pocos meses no se había conocido ni siquiera durante los residuos de las persecuciones romanas, ni en la misma Revolución Francesa”, dijo. “Los capuchinos españoles asesinados bárbaramente fueron un centenar”, agregó después, para adentrarse de nuevo en la vida de fray Leopoldo “y en los riesgos que corría pidiendo limosna por las calles de Granada”.
Los devotos congregados en la Base Aérea de Armilla, cedida gratuitamente por el Ministerio de Defensa, parecían ajenos al sermón del arzobispo Amato. Entre el público, y en primera fila, se encontraban casi todas las autoridades civiles y militares con sus respectivos cónyuges. La presencia de representantes institucionales del PSOE era tan numerosa como la del PP. Allí estaban casi todos, embutidos en trajes oscuros. El alcalde de la capital, José Torres Hurtado (PP), y numerosos regidores del área metropolitana, la mayoría del PSOE, delegados de la Junta de Andalucía, concejales, el subdelegado del Gobierno, el presidente de la Diputación de Granada y hasta algún agnóstico confeso, como el rector de la Universidad, Francisco Lodeiro.
Frente a las autoridades, dos imágenes religiosas presidían el altar: el Cristo del Silencio y Santa María de la Alhambra. Y allí, en el escenario, situado delante de la torre de control de la Base Aérea, se encontraban las autoridades eclesiásticas: los cardenales de Sevilla, Carlos Amigo, y el de Toledo, Antonio Cañizares, todos los obispos de Andalucía y 150 religiosos. En el altar se situaba también una reliquia del beato, restos del metatarso del pie derecho, que habían llevado hasta allí en procesión instantes después de que finalizara el rito de la beatificación.
Donativo obligatorio
La beatificación fue multitudinaria, como el despliegue de efectivos de la Guardia Civil (unos 400 agentes) y de Protección Civil. Abajo, en la extensa explanada de la base Aérea de Armilla, más de 100.000 personas seguían la ceremonia, la mayoría, después de acreditarse tras pagar el donativo obligatorio de 20 o 10 euros. Entre los devotos del beato, estaba Ileana Martínez, esposa del fallecido director de cine Pedro Masó. Esta actriz portorriqueña padeció hace quince años una enfermedad “letal” del sistema inmunológico, el Lupus, y atribuye su curación al fraile capuchino. “En la UCI rezaba y le pedía a Fray leopoldo que me curara”, relata esta mujer, de 50 años, que achaca su curación a un milagro.
Su caso fue decisivo en el proceso de beatificación del fraile. También estaba entre los asistentes la cantante Rosa López, que abrió la ceremonia con el Ave María, de Schubert. “No es el Ave María de Bisbal”, aclaró la cantante hace unos días en una televisión local.
http://www.publico.es/espana/336314/guerra/civil/colo/beatificacion

No hay comentarios:

Publicar un comentario