martes, 25 de noviembre de 2014

LA MASONERÍA Y EL MOVIMIENTO OBRERO: IMAGOS E IDEAS PARA UNA REFLEXIÓN TEÓRICA


Alberto VALÍN FERNÁNDEZ
Departamento de Historia, Arte e Xeografía.
Facultade de Historia.
Universidade de Vigo

         Por primera vez en la historiografía, se teoriza en este trabajo sobre las influencias, concurrencias e interrelaciones de índole emblemática e ideológica que existieron entre estas dos culturas políticas: la francmasonería y el obrerismo. Para ello el autor, partiendo de un cuestionario de trabajo preliminar, intenta darle respuesta a éste, desarrollando un reflexivo discurso en torno a los probables orígenes causales de aquellas diferentes adecuaciones o asimilaciones iconográficas e ideológicas habidas entre estas dos culturas políticas, como: la acción filantrópica y de cohesión social llevada a cabo por la masonería con respecto al proletariado; la influencia que, en el movimiento obrero, ha tenido el constructo "masón=revolucionario"; y la tradición revolucionaria burguesa o liberal, recogida también por el obrerismo, de apropiarse de la iconografía y algunos rituales masónicos para proyectar "instrumentalmente" sus categorías ideológicas.
       
Apuntes preliminares

            Antes de comenzar a desarrollar estas reflexiones sobre un tema históricamente tan difícil de constatar, calibrar y valorar y, por otro lado, tan problemático para mí a la hora de pergeñar sobre él una tejida malla teórica con trama y urdimbre lo suficientemente apretadas, permítaseme iniciar este discurso con un brevísimo circunloquio "agulhonianamente" egohistórico sobre el tema en cuestión.

            En realidad, llevo más de dos décadas detrás de la realización de un ensayo introductorio como el que a continuación ofrezco al lector. Desde que comencé esta masonológica línea de investigación histórica hace ahora veinticinco años y debido a las -para mí siempre llamativas- coincidencias que encontré entre la iconografía de la A.I.T., el criterio libertario y la masonería, comencé a modelar un personal y deductivo constructo teórico, sobre este tema, en torno al encuentro de dos culturas políticas de tanta trascendencia en la historia contemporánea universal, y del cual, por cierto, no encontraba en todos los catálogos bibliográficos que consultaba ninguna pequeña referencia y, obviamente, ninguna monografía que se hubiese ocupado de él; es decir, que, historiográficamente, ningún investigador se había interesado por aquello que yo, cada vez con más fuerza, veía tan ostentosamente claro.

            Si durante aquellos primeros años del decenio de los ochenta, no me atreví a llevar a cabo la correspondiente tarea de abordar esta cuestión con la suficiente determinación fue, primero, por realizar la correspondiente autocrítica y saberme no preparado todavía al carecer de la correspondiente madurez intelectual para poder desarrollar una reflexión teórica de esa envergadura y, segundo, por esa inexistente presencia de precedentes historiográficos recientes -y, por ello, asequibles- que abordasen, directa y generalmente, esta interesante línea de investigación.

            Desde aquellos momentos iniciales de mi aprendizaje en el oficio de historiador, trabajando de técnico archivero en el fondo Masonería del hoy denominado Archivo General de la Guerra Civil Española de Salamanca, y a raíz de esas personales lucubraciones alrededor del citado e íntimo constructo sobre ese curioso "encuentro", siempre me han rondado en la cabeza complicadas incógnitas empujadas o determinadas por toda una compleja serie de concomitantes similitudes como, verbigracia:

            ¿Por qué tanto símbolo idéntico en la masonería y el societarismo; tanta aparente concordancia moral y hasta organizativa entre ambos; tanta semejanza a la hora de entender al grupo con el mismo y "tribal" sentimiento identitario entre ácratas y masones; tanto chocante paralelismo místico a la hora de entender la propia "Idea" por parte de cualquier masón o cualquier bakuninista?

            ¿Sirvió la francmasonería de escuela filosófica, moral y hasta organizativa de una parte destacada del primer movimiento obrero?

            ¿Por qué hubo tanto líder del societarismo que practicó al mismo tiempo una especie de doble militancia al pertenecer -y hasta destacarse- en la organización masónica, conocido el hecho irrefutable de que esa secreta forma de sociabilidad fue siempre dominantemente burguesa?

            No hay duda que, en el siglo XIX, un obrero, obviamente alfabetizado -dado que esta es una de las condiciones imprescindibles para ser masón-, aceptado en una logia, accedía paulatinamente -si se aplicaba- a la posibilidad de ir aprehendiendo, no sólo la variada y compleja serie de usos y maneras conductuales típicas del ethos burgués (lo indispensable para poder ir a su primera tenida era agenciarse -comprarlo, alquilarlo o pedirlo prestado- un "aparente" y oscuro terno que, obviamente no tendría), sino también un verdadero abanico de conocimientos de cultura general, moral, estética, filosófica, simbólica y, obviamente, organizativa que, por otro lado, la clasista sociedad "profana" de la época -salvo algunas organizaciones del liberalismo radical y, quizás, algunas instituciones cristianas-, jamás le brindaría tan fácilmente.

            Es decir, que si uno cualquiera de los miles de proletarios que se iniciaron en la masonería a lo largo del diecinueve, llegaba a ayudar en secretaría o a ser "Secretario", "Orador", o cualquier otra "dignidad" del "taller" o, simplemente, a "trabajar" en logia "trazando" "piezas de arquitectura" de cualquier índole o temática cultural, moral o filosófica, se le ofrecía con todo ello una excelente formación práctica para, entre otras muchas cosas, saber hablar en público, desarrollar, defender o debatir cualquier tema monográfico de discusión o formación interna y llevar, burocrática y orgánicamente, cualquier futuro tipo de sociedad reivindicativa, musical, cultural o de ocio y entretenimiento que él mismo quisiese crear con otros miembros de su clase social. Porque con toda su esotéricamente iniciática experiencia en el misterioso y discreto círculo "de la Acacia", no olvidemos que aquel humilde obrero aprendía también a: abrir libros de registro personal, de actas, de contabilidad, de cuotas, hacer expedientes, estadillos personales, llevar la correspondencia, etc., etc., etc.

            Además, sus "hermanos" de logia le enseñaban a practicar la democracia interna de grupo -como hemos estudiado Ran Halévi, Luis P. Martín y yo mismo-, a responsabilizarse en el respeto a las elegidas jerarquías -más tarde secretarios, representantes o delegados de su sindicato, agrupación política u orfeón si fuese el caso-. Asimismo, lo educaban para saber conducirse consigo mismo primero, por medio de una mística e íntima moral interior, y con los demás integrantes de su grupo y de la sociedad en general después, por medio de una laica, cívica y autodisciplinada práctica de ética social. Deontología masónica de antigua y humanista tradición protestante que, a cualquier bien formado anarquista de los siglos XIX, XX y actual, desconocedor de la idiosincrasia masónica, fácilmente identificaría como "tribalmente" propia, así practicase la moral bakuninista, la spenceriana o la kropotkiana.

            Quizá podamos aquí contestar a aquella cuestión dejada en el aire, en 1987, por el profesor Ferrer cuando, al abordar el tema de la pertenencia masónica de Anselmo Lorenzo Asperilla, se preguntaba  "por qué y cómo este anarquista llegó a la Masonería a la que iba a pertenecer con una fidelidad y dedicación extraordinaria".2 Es muy posible que fuese esta curiosísima coincidencia de morales la que sorprendió positivamente a aquel tipógrafo anarquista llamado Anselmo Lorenzo, ayudándole a superar y olvidar sus iniciales prejuicios hacia la masonería -como él mismo recuerda en su El proletariado militante-, convirtiéndole desde entonces en un convencido y sobresaliente masón.

            Además de esta coincidencia de morales y de criterios humanistas -como también ha detectado Jesús Ruiz Pérez- y de parecidas y místicas utopías universalistas, la denominada "Fraternidad universal", Lorenzo sabía, como también recuerda en su obra, el hecho relevante del apoyo que aquella asociación cosmopolitista le hizo a la Primera internacional en los preliminares de su creación.3 Y, al mismo tiempo -como apunta Ferrer con respecto a Bakunin-, es más que probable que también conociese el relevante hecho de la pertenencia a la secreta sociedad de anarquistas como Proudhon, Bakunin, Faure, Elie, Elisée y Paul Reclus, Louise Michel, etc.

            No hay duda que una importante zona de la masonería europea del siglo XIX ejerció, con respecto a la elitista porción del proletariado que inició en sus logias, una pedagógica labor de formación integral. Obviamente se podrá aducir, llegados a esta categórica altura de la reflexión que intento explicar con estas líneas preliminares, que los correspondientes comités locales republicanos ejercieron una pedagogía similar sobre una zona del futuro proletariado concienciado y organizado en el societarismo. Esto también resulta completamente plausible; es más, se sabe que en muchos de estos ambientes de política radical pequeño-burguesa se formó, tanto en Francia como en España, una buena parte del germen del primer obrerismo. Aunque sobre el respecto debo aclarar que no creo que el comité político antecitado impartiese con la misma intensidad, el mismo iniciático interiorismo, el mismo trato socialmente igualitario y el mismo nivel de preocupada y participativa docencia filosófica, deontológica y cultural, como se hacía -y se sigue haciendo- en toda logia masónica.

            Asimismo, hay que subrayar el relevante hecho social de que, en muchísimas ocasiones, fue en estos círculos de sociabilidad política republicana donde fueron captados para el hiramismo muchos de estos trabajadores, por medio de esa especie de simbiosis que tanto hemos visto entre republicanismo y cierto tipo de masonería, sobre todo la de ritos como el "oriental" o "menfita" y el "escocés antiguo y aceptado".

            Siguiendo lo contenido en los tres volúmenes de la exhaustiva y pormenorizada Bibliografía de la Masonería de Ferrer Benimeli y Cuartero Escobés -lectura que aconsejo a todo investigador que necesite hacer cualquier consulta sobre el tema-, publicada en 2004,4 puede decirse -exagerando ahora un poco la carga de tinta estilística de mi literatura y haciendo eco de lo señalado también sobre esta cuestión por el propio Ferrer en su Bibliografía de la Masonería de 1978-, que da la impresión de que se escribieron más obras generales sobre este tenor entre los años 1899 y 1913 que en todo el resto del siglo XX hasta sus postrimerías. Esos inexistentes trabajos exhaustivos y generales sobre las posibles interconexiones o interrelaciones entre obrerismo y masonería que tanto eché en falta, me hubieran podido ayudar a seguir una senda, más o menos trazada, y no tener que reprimir todo intento de acción por mi parte ante el alienante pensamiento de que, para llevar a cabo esa tarea, tendría que desbrozar, ese oscuro, solitario y enmarañado monte, partiendo de mis únicas reflexiones personales.

            Desconocemos el porqué de ese aparentemente drástico abandono por parte de los historiadores serios y mínimamente objetivos, no sólo de esta interesante línea de investigación, sino también del resto de los variados temas de índole masonológica, aunque presumimos que la Gran guerra por un lado, el advenimiento paulatino de los distintos regímenes fascistas por otro y, sobre todo, el triunfo de la revolución marxista-leninista de octubre de 1917 y lo que trajo consigo, fue la causa de ese extraño y desidioso silencio.

            Con ese "lo que trajo consigo la Revolución de octubre", me refiero, por una parte, a lo que respecta a aquella suerte de impuesta "moda" que tanto inundó hasta no hace mucho los ambientes intelectuales con su -por lo general siempre respetado- totalizador paradigma comunista y, por otra, a las "desalienantes" y "laicistas" condenas "pontificales" contra la masonería, llevadas a cabo por la recién fundada Tercera internacional, intentando con ellas dejar a la "Orden del Gran Arquitecto" completamente segregada del flamante movimiento internacionalista, a la vez que esta Internacional imponía, culturalmente, en sus círculos intelectuales y académicos un fortísimo prejuicio sobre esta forma de sociabilidad, quedando escamoteada o completamente infravalorada por la mayor parte de la historiografía desde ese momento.

            Como fácilmente se deducirá, todo esto provocó un manifiesto y general desinterés hacia la masonería por parte, tanto de los historiadores llamados sociales como de la mayoría de los "cliólogos", salvo algunos investigadores -la mayoría profesores universitarios como Combes, Ferrer, Ligou, Mola, Agulhon, ...- que, desde los años sesenta, comenzaron de nuevo a retomar este interesante objeto de estudio, siguiendo desarrollando hasta hoy la llamada masonología, entendida ésta como una categoría historiográfica más y no, obviamente, como se pretende entender en ciertos círculos masónicos, una "ciencia".

            Esta nueva tendencia historiográfica que, como decimos, tanto en Francia, España, Italia, Bélgica, como en otras naciones europeas, viene realizando una esclarecedora labor desde hace, sobre todo, tres décadas, ha vuelto, tímidamente, a dirigir su mirada sobre el atractivo objeto de estudio de las interrelaciones entre el movimiento obrero y el llamado hiramismo o masonería.

            Estos trabajos monográficos que, por lo común, se han realizado separadamente por las tres corrientes ideológicas más relevantes de la llamada cultura proletaria; es decir, la social-demócrata o socialista, la marxista-leninista o comunista autoritaria y la libertaria, tratan, grosso modo, los distintos temas a estudio de una forma muy poco general y con no excesiva exhaustividad -en algunas ocasiones resultan meros trabajos periodísticos-, sin pararse en profundidad -salvo en algunos casos de auténtica, aunque breve, excelencia intelectual-, en estos temas monográficos obviamente relevantes, aproximándose a ellos, en demasiadas ocasiones, sin la correspondiente reflexión teórica o sin el bagaje mínimo de conocimiento politológico.

            Por todo ello, este interesante objeto de estudio histórico se encuentra todavía hoy, tanto a nivel nacional como, sobre todo, a nivel internacional, muy poco trabajado. Seguimos echando en falta, en una buena parte de los discursos hechos hasta el presente, una necesaria y fundamental teorización, partiendo, como decimos, de una visión general sobre estas cuestiones, en relación a las auténticas interrelaciones, adecuaciones o nexos entre estas trascendentales culturas políticas y, sobre todo, una fundamental, expositiva o concluyente visión sintética sobre todo ello.

            De todas formas, por la calidad de su factura o por el tratamiento dado al tema del que se han ocupado, son dignos de ser mencionados aquí los siguientes autores.

            En cuanto a la interrelación habida entre la masonería y el socialismo destacan: en Francia, André Combes o Denis Lefebvre; en Bélgica, John Bartier; los italianos Aldo Chiarle, Anna Maria Isastia y Aldo A. Mola; o los españoles Víctor M. Arbeloa, José Antonio Ferrer Benimeli y Ángeles González Fernández.

            En lo que respecta a las relaciones habidas entre el marxismo-leninismo y el hiramismo, descuellan plumas como las de los belgas Paul Van Praag o H. Dethier, o francesas como la de Christian Lauzeray.

            Y para estudiar los nexos históricos entre los anarquistas y la francmasonería, hay que recordar los trabajos publicados por autores franceses como el metodológicamente inefable Léo Campion o, más recientemente, Edouard Boeglin, italianos como Aldo A. Mola o Luigi Polo Friz, y españoles como las monografías de Enric Olivé Serret, Ángeles González Fernández, Jesús Ruiz Pérez, Pere Sánchez i Ferré o Leandro Álvarez Rey.

            Además de los trabajos de los autores aquí citados, es importante recordar que, sobre estas cuestiones, resultan dignas de ser reseñadas las siguientes obras: el estudio realizado por Alexandre Marius Dées de Sterio sobre "Mouvements syndicaux en Allemagne et symbolique maçonique", publicado en el libro La pensée et les hommes. Sous le masque de la Franc-Maçonnerie, editado por Jacques Lemaire y publicado, en 1990, por las Editions de l'Université de Bruxelles; el monográfico dedicado a la masonería por el numero 193 de la revista belga Cahiers Marxistes, de febrero-marzo de 1994; y las actas, todavía sin publicar, de las jornadas Conference "We Band of Brothers": Freemasonry in radical and social movement 1700-2000, organizadas por el profesor Andrew Prescott y celebradas en la universidad de Sheffield en noviembre de 2004.

            Aclaro antes de nada que, con esta suerte de estudio introductorio o propedéutico que a continuación desgloso sobre las más que probables interrelaciones o influencias  simbólicas, y hasta ideológicas, que llegaron a darse entre la denominada cultura proletaria y la francmasonería, no parto de ningún principio teleleológico o finalista a la hora de buscar, obsesivamente, cualquier indicio, atisbo o posible nexo demostrativo -incidental u ocasional- en la historia de ambas culturas políticas que aparente o intente demostrar hipótesis de trabajo alguna. Tampoco es mi pretensión sentar ningún tipo de superflua base teórica o teoricista -tan de moda por desgracia en mi profesión desde hace tres lustros-, con el pedante pensamiento puesto en el absurdo anhelo de crear, a partir de estas sencillas reflexiones, una futura corriente o línea de investigación historiográfica.

            Con este modesto trabajo sólo y exclusivamente trato de mostrar o exponer, a nivel meramenteintroductorio -sin tan siquiera calibrar o valorar en profundidad la compleja fenomenología a estudio-, eseencuentro fundamentalmente simbólico habido entre el obrerismo y el hiramismo. Huelga explicar que nadie llegue a pensar -o más bien a desvariar-, en el momento de leer este artículo, en ninguna de las prolongaciones del estúpido e interesado "contubernismo", tan excelentemente aprovechado, por otro lado, por la Iglesia católica y las doctrinas y Estados fascistas.

            Simplemente voy a hablar en este breve ensayo de la complicada y diversa maraña de coincidencias, influencias y hasta apoyos que, hoy por hoy, sabemos que se han dado históricamente entre la "Orden del Gran Arquitecto del Universo" y el movimiento obrero; albergando eso sí como únicos y esperanzados logros de todo este esfuerzo que, siempre y cuando se juzgue de interés por la comunidad científica correspondiente, se abra con todo ello un campo nuevo de debate historiográfico -alejado de cualquier prejuicio de escuela, de "hermandad" o de ideología- y, quizás, conseguir también provocar o sugerir nuevos enfoques metodológicos en ciertas líneas de investigación cruciales o tangenciales con esta temática de la historia social y de las ideas; es decir, que los colegas que estudien el movimiento obrero a nivel organizativo, social, biográfico, ideológico o iconográfico, no olviden en sus investigaciones al posible influjo que la masonería pudo haber tenido con sus respectivos objetos o sujetos de estudio.

Cuestionario

            Que una forma de sociabilidad iniciática, esotérica, filantrópica, liberal y, fundamentalmente, burguesa, llegue a tener una clara influencia en la historia del movimiento obrero desde sus mismos inicios, llama poderosamente la atención de cualquier curioso en el tema. Y, como ya hemos adelantado en el brevísimo ejercicio egohistórico del preliminar, a un inquieto universitario gallego de formación intelectual ecléctica entre el marxianismo y el libertarismo, le sorprendió todavía más cuando, realizando su tesis de licenciatura, se encontró con estas aparentes y llamativas concomitancias históricas.

            Su viejo prejuicio o escrúpulo obrerista con relación a una sociedad secreta de "aburridos burgueses con la reaccionaria mística fraternalista de creer en la utópica idea -y fomentarla- de un armonioso mundo sin lucha de clases", le empujaba si cabe todavía más a seguir alucinado, cuando descubría que en esa secreta y extraña asociación esotérica y ocultista se habían dejado iniciar viejos tótems de su obrerista e internacionalista retablo personal como Lafargue, Buonarroti, Proudhon, Bakunin, Fanelli, Malatesta, Robin, Farga Pellicer, Fermín Salvoechea, Ferrer y Guardia, Andrés Nin, etc.

            ¿Qué pintaban en esa oscura y extraña sociedad gente tan "científica" como el yerno de Marx, Andrés Nin o, seguramente, el propio Lenin, o tan racionalista y desmitificadora como los anarcos citados?

            ¿Por qué infinidad y nunca mejor expresado, infinidad de agrupaciones o sindicatos obreros de los siglos XIX y XX, tanto marxistas como libertarios, eligieron preclaros símbolos masónicos -que no gremiales- como emblemas representativos de sus sellos asociativos como escuadras y compases entrecruzados, triángulos, niveles, "saludos fraternales", etc?


            ¿Por qué el Consejo federal español de la misma Internacional eligió como insignia algo tan francmasónico como inscribir en un círculo -símbolo del universo, del alma universal, del infinito y de la perfección, y en estrecho vínculo original con el compás- un nivel iconográficamente masónico (como una gran A mayúscula), sabiendo que, en masonería, el nivel es el símbolo de la igualdad social y la "Escuadra justa" que, en teoría, lo compone, recuerda siempre la vía de la rectitud moral y, al mismo tiempo, la propia silueta que este nivel dibuja es, nada menos, que una especie de "delta" o triángulo masónico -"divinidad", "luz eterna de la sabiduría", "conocimiento" o "equilibrio universal" para los masones agnósticos o antiteístas como los internacionalistas Blanc, Proudhon, o Bakunin-, inscrito, como ya hemos dicho, en la circunferencia citada, "hablando" entonces esta insignia, exclusivamente, a todo iniciado en la masonería que la viese, de lo que, en puridad, pretendía la Asociación Internacional de Trabajadores o, como se denominó en Gran Bretaña, la International Workingmen's Association: buscar un utópico mundo universal o internacional de sublime, sabio y equitativo equilibrio por medio de la recta práctica moral del igualitarismo social?

            ¿Por qué el viejo masón e internacionalista italiano Enrico Bignami escribió, en 1913, a la logia milanesa Carlo Cattaneo -como ha descubierto mi amigo y colega Aldo A. Mola- que "fue bajo (al coperto) la bóveda estrellada de un Templo donde pude constituir la primera sección italiana de laInternacional. Y que los detractores socialistas de la Masonería podrían acordarse de otros cien hechos como este"?

            ¿Por qué la fracción ginebrina de la A.I.T. -la denominada "Templo Único", como nos dice en la biografía de Bakunin James Guillaume y recogió en su antología D. Guerin- se reunía, desde el mismo principio de su creación, en el único templo que, por aquel tiempo, poseían las logias masónicas de la ciudad de Ginebra?

            ¿Por qué en la conocida fotografía del IV Congreso de la Internacional celebrado en Basilea en septiembre de 1869, donde sobresale la gigantona figura de Bakunin (sobrepasaba los dos metros de estatura), la pancarta que rubrica el acontecimiento lleva como símbolo distintivo el masónico "Delta luminoso o radiante", pareciendo más el típico estandarte de cualquier logia masónica que el característico cartelón societario al uso?



            ¿Por qué el autor de obras tan apocalípticamente demoledoras, iconoclastas e irreverentes como elCatecismo revolucionarioEl Estado y la Anarquía o la póstuma Dios y el Estado, ocupó su precioso tiempo de conspirador y revolucionario, escribiendo y publicando el Catecismo de la Francmasonería moderna?



            ¿Por qué este atrabiliario y luciferino antiteísta de Mihail Bakunin permitió que la masonería italiana lo "exaltase" -desconocemos si por medio de la mera "comunicación" o ritualmente- al grado 32º, sabiendo de sobra que el lema de ese grado que iba a alcanzar reza: "Spes mea in Deo est"; es decir -siguiendo lo confirmado por mi amigo latinista Antonio García Masegosa-, "Mi Esperanza se funda -se encuentra o está- en Dios?

            ¿Por qué el todavía utilizado gesto de identidad anarquista: dibujar un arco con los brazos por encima de la propia cabeza, cerrándolo arriba con las manos, "enganchando" éstas con los cuatro dedos de cada mano menos los pulgares, se asemeja tanto a dos señas o gestos de la liturgia masónica: el de petición de auxilio -con la salvedad de que en éste el masón semientrelaza las manos formando una abierta y receptiva venera-, y el del momento final de la psicodramática ceremonia de exaltación al tercer grado, el de "Maestro", cuando el "Venerable" ayuda a levantarse al "hermano" recipiendario, sacándolo del ataud donde se le ha acostado, "enganchando" su mano derecha con la del que recibe esa emocionante iniciación de manera exactamente igual que lo vienen haciendo los anarquistas, con sus propias manos, cuando realizan su saludo "tribal"?



            ¿Por qué el cartel con las fotos y nombres de los delegados asistentes al Congreso de Gotha celebrado en mayo de 1875 por la social-democracia alemana, centrado por una foto principal -posiblemente trucada- de dos ególatras irreconciliables como fueron Marx y Lasalle, es coronado con un símbolo tan antiguo y prototípicamente masónico como el "fraternal" saludo de manos, insignia también del sindicato español U.G.T.?

            ¿Por qué la estrella roja comunista fue retomada de un símbolo repetidoad nauseam, desde el siglo XVIII (o desde el XVII, según autores), por la iconografía masónica, la "estrella flamígera" -de viejísima tradición pitagórica-, asociada ritualmente desde antiguo al grado de "Compañero"; es decir, a la camaradería o "compañerismo", conocida además la declarada masónicofobia de León Trotski, creador del Ejército rojo que toma dicho emblema?

            ¿Por qué todavía hoy en los sindicatos estadounidenses de mecánicos, ferroviarios, etc., se utilizan denominaciones como "Logia" para denominar a su sindicato local y "Gran logia" para referirse a su organización nacional.

Posibles respuestas al cuestionario

            Ante todo que no se nos aduzca, de principio, y por ese apasionado e irreprimible afán latino de impugnar por impugnar, la demoledora y totalizadora refutación de todo el planteamiento que resulta de estas incógnitas expuestas, alegando para ello rotundas y expeditas explicaciones como, por ejemplo, que la apropiación de esa simbología masónica no fue otra que el sencillo, intuitivo e inconsciente aprovechamiento de iconos psicoanalíticamente "atractivos" y de sencilla e ilustrativa -o conceptual- grafía; alegando, verbigracia, la indudable realidad de que, tanto el "delta" o triángulo como la estrella de cinco puntas -dos de las imágenes masónicas más reutilizadas o asimiladas-, provocan, como tales imagos, una fortísima pulsión escópica en cualquier sujeto, como bien sabe hoy la técnica publicitaria. No albergamos crítica alguna sobre la famosa reflexión, recordada tanto en la obra de mi querido amigo José Luis Castro de Paz, de que "no es el ojo el que mira, sino el objeto el que capta o atrapa la mirada". No vamos a entrar para nada en este tipo de polémicas, dado que, históricamente, no nos llevarían, con la exigida exactitud, a donde juzgo que, verdaderamente, me inclinan -o nos inclinan- las reflexiones conjeturales ante esas cuestiones trazadas.

            Las posibles respuestas a estas complejísimas y caudalosas preguntas han venido al investigador, paulatinamente, de una manera deductiva y por tres caminos diferentes. Tres diferentes vías que, en realidad, pueden entreverarse triangularmente o conjugarse, explicarse o entenderse ensambladas; es decir, pueden quedar comprendidas como tres partes fundamentales de una misma explicación, a la hora de poder descifrar el porqué de todas estas curiosas incógnitas. Veámoslos, entonces, por lados o secciones:  

            A.- Por la apodíctica realidad histórica de que la masonería universal entendió, desde siempre, el apoyo a los proletarios como una acción más de su autoexigida acción filantrópica y su estatutaria práctica de igualitarismo social. Y, a medida que se va desarrollando el movimiento obrero a lo largo del siglo XIX, irá trazando puentes entre ella y el mundo del trabajo -incluido el del propio societarismo-, reinterpretando su viejo espíritu fraternalista y, socialmente, cohesionador o conciliador.

            B.- A raíz del descubrimiento histórico, realizado por el historiador que esto escribe, de la utilización de la organización masónica por parte de los conspiradores liberales de la subversión antiabsolutista del Sexenio negro español y la tradición, proyectada muy pronto a nivel internacional, que dicha instrumentalización político-organizativa inició, a raíz del triunfo de la revolución liberal de 1820, en plena Europa de la Restauración.

            Dentro, todo ello, del complejísimo paradigma revolucionario romántico, quedando entendida la masonería por una buena parte de los variados colectivos de la subversión del siglo XIX, como una asociación cobijadora de la perseguida subversión liberal y, por amplia extensión -y especialmente a medida que nos aproximemos al ideológicamente trascendente ecuador histórico de 1848- de todo revolucionario. Fuese éste liberal o nacionalista como Mazzini -aunque todavía no sabemos con certeza si este revolucionario se inició, verdaderamente, en la masonería- o el primer Bakunin, socialista como Blanc o Blanqui, comunista como Buonarroti o anarquista como Bakunin, Fanelli o Lorenzo. De este último revolucionario español, podemos recordar la visión personal que tenía de su discreta asociación, cuando, en 1898, en su exilio parisino -como recuerda Ferrer en su libro La masonería-, se la comunicó a su amigo y correligionario Juan Montseny, recogiéndola éste en su libro Mi vida: "la masonería era una gran cosa para las personas perseguidas políticamente".

            C.- Por llegar a sostener la lógica y deductiva hipótesis de que aquellos internacionalistas pudieron seguir, conscientemente, la ya vieja tradición revolucionaria liberal de apropiarse de ritos o usos y, sobre todo, iconos masónicos, con el fin de poder representar así, emblemáticamente, los nuevos valores ideológicos de: igualdad, federalismo, solidaridad, fraternidad, trabajo, etc. Imitando entonces los obreristas, en cierta manera, lo que antes habían hecho, una vez conquistado el poder, los Estados liberales, cuando éstos sintieron la perentoria necesidad de proyectar públicamente sus ilustrados mensajes políticos de pensamiento republicano, cívico o laicista, por medio de todo un complejo conglomerado ritual de referentes iconográficos masónicos. Institucionalizando los liberales entonces, ex novo, todo un complejo mundo simbólico y protocolario oficial, que, volitivamente, se alejase de cualquier indicio de formalismo estatal y religioso que pudiese recordar las odiadas formas y boatos del Antiguo régimen

            A continuación, intentaremos ofrecer una cumplida o, por lo menos, introductoria explicación a estas tres grandes secciones en las que desglosamos las posibilidades de respuestas que hemos deducido de aquellas preguntas sobre las influencias, interrelaciones, concurrencias y concomitancias entre el movimiento obrero universal y la francmasonería.

A.- Filantropía masónica y proletariado

            En cuanto al primer punto; es decir, lo que hemos llamado la sección A de nuestra explicación, hay que decir que, desde el mismo siglo de su creación, el XVIII, la masonería o hiramismo británico fue el primero en preocuparse, a nivel estrictamente filantrópico, de la cuestión obrera en su industrializado Reino Unido. La fundación y sostenimiento de instituciones de beneficencia como hospicios, escuelas y centros asistenciales donde se acogió a una zona menesterosa del primer proletariado moderno de la historia, fue y es una de las preocupaciones más relevantes de toda su acción corporativa.

            Todo tipo de masonería, tanto la denominada "regular" como ha sido y sigue siendo la anglosajona como la "irregular" o "liberal" como casi siempre fueron, a lo largo de la historia, las llamadas masonerías latinas, ha tenido la estatutaria obligación de realizar, primordialmente, la práctica del altruismo; pero la masonería British ha hecho, desde la propia fundación de esta asociación, más hincapié en potenciar lacaritativa labor de su organización. El origen de todo ello está quizá en su propio rito masónico, el llamadoEmulation Working, no olvidemos que para este rito, los tres principios en los que reposa la auténtica masonería son, por su orden: el "Amor fraternal", la "Beneficencia" y la "Verdad".

            Más tarde, ya entrado el siglo XIX, las logias inglesas irán asimilando en sus iniciáticos misterios a elementos instruidos y cualificados de su proletariado nacional, llegando la masonería británica en esta preocupación proletarista al extremo de ofrecer sus propios locales para que dieran cobijo a una de las más importantes reuniones preparatorias de la Primera internacional obrera, como recogen, tanto el historiador alemán Max Nettlau como el anarquista y masón español Anselmo Lorenzo -citando éste la obraGaribaldi: Historia Liberal del Siglo XIX de Rafael Farga y Pellicer-, cuando el engolado y prestigioso hiramismo británico decimonónico cedió su Free Masons Tavern para que aquel célebre mitin, convocado por Karl Marx, la denominada Fiesta de la Fraternización Internacional del 5 de agosto de 1862, pudiese llevarse a efecto.

            Coincidiendo con lo estudiado mucho más tarde por André Combes, el citado historiador anarquista Max Nettlau en su obra La anarquía a través de los tiempos nos dice, cuando critica el pésimo trabajo organizativo que realizara después de este mitin de la Hospedería de los Masones el internacionalista y también masón Henri Louis Tolain que, si no fuese por los francmasones socialistas organizados en "las pequeñas logias masónicas avanzadas de 1850 y 1858, que reunían socialistas internacionales",5 se refiere sin duda -como más adelante veremos cuando hablemos de la masonería francesa- a las logias "menfitas" de la Grande Loge de Philadelphes -formadas, en un principio, por exiliados republicanos y socialistas franceses en Londres-, no se podría llegar jamás a la reunión fundacional de la Asociación Internacional de Trabajadores del 28 de septiembre de 1864.

            Algo semejante va a ocurrir en otras naciones como Estados Unidos, donde su primer sindicalismo de clase poseerá una nomenclatura de clara influencia masónica, verbigratia: el sindicato de zapateros Los Caballeros de San Crispín, que se estructuraba por "logias"; los sastres de La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, que se organizaban al principio secretamente en "logias", adoptando complejos rituales y disimuladas señas y contraseñas de reconocimiento con el fin de que, como recoge Florence Peterson, "ningún espía del patrón pudiese hallar la manera de entrar en el salón de la logia para traicionar a sus camaradas",6 también hay que recordar que su más alta jerarquía sindical se denominaba "Gran Maestre Obrero".

            En la Francia prerrevolucionaria, encontramos en la masonería de provincias a logias que, muy tímidamente, comienzan a aceptar "entre sus columnas"; es decir, dentro de sus logias, a pequeños artesanos. Durante el Primer imperio, como recuerda André Combes, se inicia el tibio y lento proceso de aceptación de proletarios en las logias francesas que se irá acentuando, progresivamente, a partir de la Restauración borbónica y durante la monarquía "burguesa" de Luis Felipe de Orleans donde, pensando en los proletarios, se rebajarán las tasas o gastos mínimos de iniciación y habrá una declarada política de permisividad por parte de esta masonería con la citada exigencia de la alfabetización del neófito.7

            Pero no habrá directo y manifiesto interés por la clase obrera y por el societarismo por parte de la masonería gala hasta los mismos inicios de la segunda mitad del siglo XIX cuando, como ya hemos adelantado y siguiendo lo dicho por el profesor Combes, serán los masones exiliados en Inglaterra después del golpe de Luis Napoleón Bonaparte, los que funden, en el Rito de Menphis -único prohibido por el Estado imperial francés-, la logia Philadelphes, cuyo título ya anunciaba -o recordaba- viejos aires conspiradores, logia madre de la que saldrá la gran logia del mismo nombre.

            Aquí, en este ambiente de masonería republicana y socialdemocrática cada vez más extenso, con su recién fundada Gran Logia de Philadelphos, encontraremos a republicanos y socialistas célebres como Jean-Baptiste Boichot, Bradlaugh, el yerno inglés de Marx, o Louis Blanc, y de este entorno masónico saldrá nada menos que la Sociedad Fraternal de Demócratas-Socialistas Franceses, amén de destacados internacionalistas de primera hora como Le Lubez, Combault, Vésinier o Benoit,8 los auténticos organizadores de la A. I. T., si seguimos en esto lo dicho por el serio y positivista historiador libertario Max Nettlau.

            Estos masones entendían a su institución como un auténtico y arquetípico modelo de democracia con la obligada praxis de ayudar a la transformación de la sociedad humana, siguiendo la vieja y triangular divisa masónica de "Libertad, Igualdad y Fraternidad", y a la logia, como una escuela de formación cultural y científica.

            Los objetivos inmediatos contenidos en el programa de esta masonería "menfita" que, por otro lado, casi cuatro decenios más tarde, en plena Primera restauración borbónica, llegaría a España cobijando a una buena zona del republicanismo  y del obrerismo español de final de siglo, eran, como nos dice Combes, dos: la lucha contra la ignorancia por medio de la escolarización, y "la ayuda al proletariado en su emancipación", especialmente, por medio de la creación de -presumimos proudhonianas- mutualidades.

            Así se explica, como sigue apuntando Combes y ya hemos adelantado, la fuerte presencia de la masonería en el seno del movimiento societario y de la Primera internacional; y, probablemente, también ésto nos puede dar la clave del origen o del porqué de esa asunción de parte de la simbología masónica para representar la nueva emblemática de esta importante asociación obrera. Dado que, al ser los masones de este hiramismo "menfita" los auténticos organizadores de la A. I. T., éstos pudieron proponer o influir en dicha iconografía, obteniendo para ello la lógica aquiescencia o apoyo del resto de los nada escasos internacionalistas masones.

            Recordemos que, en 1867, de esta corriente masónica que tendrá como principal teórico a un viejo utópico sansimoniano, amigo y "hermano" de Proudhon, Marie-Alexandre Massol, se separará un pequeño grupo anarquizante que creará la revista L'Action maçonnique, caracterizado por un violento antiteísmo y que pretenderá convocar a la masonería para que se comprometiese, directamente, en las luchas políticas y sociales.9

            En España, país de tan tardía Revolución industrial, la "sociedad de la Acacia"; es decir, la masonería o hiramismo, no comenzó a iniciar a proletarios, que sepamos, hasta entrado el llamado Sexenio revolucionario o democrático (1868-1874), en realidad, cuando comienza su denominada edad de oro. Aunque en la "anecdótica" masonería de la Era isabelina, sabemos de logias como la Los Amigos de la Naturaleza y Humanidad, estudiada por Victoria Hidalgo Nieto, donde su "cuadro logial" poseía un abultado número de operarios de la fábrica de vidrio de Gijón. A partir de 1868, el hiramismo hispano irá desarrollando -paulatinamente y según "obediencias" o "masonerías"-, una auténtica campaña de "popularización" de las logias, al dirigir manifiestamente su acción proselitista hacia los obreros, sobre todo durante el último cuarto del siglo diecinueve y, más tarde, durante el primer tercio del veinte; en realidad, hasta el final de la última guerra civil, en 1939. En esta historia, un larguísimo elenco de anarquistas, socialistas y algún que otro comunista autoritario pasarán por las logias españolas desde el siglo XIX hasta el bélico final de la Segunda república.

            Historiográficamente, en España, nos encontramos, posiblemente, con la más abundante publicística nacional sobre este tema en cuestión. Es más, puede decirse que, gracias a la labor académica realizada por el profesor Ferrer, sus discípulos y los investigadores que han colaborado o colaboran en las actividades llevadas a cabo por el instituto de investigación histórica que el citado estudioso aragonés fundó en 1983, el Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, España es, hoy por hoy, la nación donde se ha estudiado, con mayor profusión, este tema de las influencias y adecuaciones entre el societarismo y la masonería.

            En estas dos últimas décadas, se han venido publicando ensayos históricos sobre estas cuestiones. Trabajos iniciales como los de Víctor Manuel Arbeloa sobre el socialismo10 o Enric Olivé Serret sobre el anarquismo,11 la ya citada monografía del masonólogo aragonés José A. Ferrer "La masonería española y la cuestión social"12 y, después, trabajos como lo vertido en mi tesis doctoral, leída en 1989, en la Universidad de Zaragoza,13 lo publicado por Pere Sánchez i Ferré y José Luis Gutiérrez Molina,14 Pedro Fermín Álvarez Lázaro,15 lo vertido en mi libro Laicismo, educación y represión en la España del siglo XX, lo dicho en el capítulo que escribí para el libro La sociabilidad en la historia contemporánea,16 la sugerente y excelentemente vertebrada ponencia presentada al X Symposium Internacional de la Historia de la Masonería Española -celebrado en Leganés (Madrid) en septiembre de 2003-, por Jesús Ruiz Pérez,17 y, por último, la escasa aunque relevante obra que, sobre estos temas, han publicado los profesores de la Universidad de Sevilla Ángeles González Fernández y Leandro Álvarez Rey.18

B.- La creación del constructo romántico "masón y revolucionario"

            En lo que respecta al punto explicativo B; el correspondiente a ese imago construido en pleno romanticismo sobre la particular simbiosis revolución=masonería tan fomentada, por otro lado y desde el siglo XVIII, por la propia publicística antimasónica y por los Estados Unidos de Norteamérica -con sus institucionales glorificaciones washingtonianas-, remito al lector a mi propia obra sobre el tema, en especial, al capítulo "Masonería y ejército en la España contemporánea" del libro publicado en París en 2004 y dirigido por Elizabeth Delrue, Autour de L'Armée espagnole, 1808-1939, y a la comunicación intitulada "De militares y masones. Reflexiones en torno a la creación del constructo: "militar, liberal y masón", que presenté, en el VII Congreso da Asociación de Historia Contemporánea celebrado en Santiago y Ourense, en septiembre de 2004, y publicado en CD-ROM por la Universidad de Santiago de Compostela.19

            Este tipo de costumbres que, en politología, nos hablan de conspiraciones anteriores y posteriores a esta a la que nos referimos -la llevada a cabo por los subversivos oficiales artilleros de la logia militar coruñesa Los Amigos del Orden, en pleno Primer periodo absolutista fernandino-, y que utilizan la estructura orgánica de las sociedades secretas para intentar llevar a cabo su complot, como: los Iluminados de Babiera de Adam Weishaupt -de nombre de guerra Spartakus-, que había copiado formas y maneras francmasónicas para crear aquella subversiva asociación con sus sobrenombres y sus grados; la orgánicamente triangular Conspiración de los iguales de François Noël Babeuf, de sobrenombre Gracchus; los Philadelphos con sus tres grados y sus nombres de guerra; la Sociedad de los Sublimes Maestros Perfectos creada como una" organisation secrète politique de forme maçonnique", como nos explica elDictionaire de la Francmaçonnerie dirigido por Daniel Ligou, por el discípulo de Babeuf, el francmasón Philippe Buonarroti; la misma masonería española de la época citada del Sexenio negro que también utilizará el "Nombre simbólico" como medida de seguridad, siendo la citada logia militar coruñesa -cuyos miembros eligieron alias como WashingtonFiladelfo, etc.-, la que, por primera vez en la historia de las masonerías ibéricas, inicie esta tradición; y después, las sociedades secretas conspiradoras que, remedando parte de las formas y maneras francmasónicas, fueron apareciendo a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, como el carbonarismo, los comuneros, los anilleros, las sociedades secretas republicanas en Francia, las mazzinianas Joven Italia y Joven Europa, las de los progresistas a lo largo de toda la española Era isabelina y, ya dentro del incipiente movimiento obrero internacional, la secreta Fraternidad internacional creada, en 1864 y en Florencia, por Mihail A. Bakunin.

            Esta sociedad secreta bakuniniana estaba proyectada, como más o menos Weishaupt había pensado la suya casi cien años antes -y León Trotski discurriría, mucho más tarde, su secreta técnica partidaria de infiltración denominada "entrismo"-; es decir, para ser utilizada como secretísima organización de iniciados con el fin de introducirse, clandestinamente, en otras asociaciones -como llegó a intentar con la propia Internacional Bakunin-, para así intentar manipular aquéllas, granjeándose simpatías o inclinando a esas organizaciones hacia sus propias ideas o fines estratégicos. Su programa, transcrito e incluido en el libro biográfico que, sobre Bakunin, escribió Nettlau y, más tarde, publicó de nuevo en su antología Daniel Guerin, recuerda en ocasiones la propia organización y el estilo discursivo masónico al uso y, en otras ocasiones, el discurso piensa en la masonería a la hora de definir, en contraposición a ella, su particular y revolucionaria fraternidad secreta, veámoslo:

 "La sociedad internacional revolucionaria se constituirá en dos organizaciones diferentes: familia internacional propiamente dicha y las familias nacionales  (...). La familia internacional. Unicamente compuesta por hermanos internacionales, tanto honorarios como activos, será ella la clave de bóveda (...). El candidato (...). Es preciso que esté convencido de que no podrá servir mejor que compartiendo nuestros trabajos, y que sepa que, al ocupar un puesto entre nosotros, contraerá con respecto a nosotros el mismo compromiso solemne que nosotros contraemos respecto a él (...). Debe comprender que una asociación cuyos fines son revolucionarios debe necesariamente formarse como sociedad secreta, y que toda sociedad secreta en interés de la causa a la que sirve y de la eficacia de su acción, así como en el de la seguridad de cada uno de sus miembros, debe someterse a una fuerte disciplina, que no es por otra parte más que el resumen y el puro resultado del compromiso recíproco que todos los miembros han acordado unos respecto a otros, y que por lo tanto es una condición de honor y un deber el someterse cada uno a todo ello (...), no toleraremos más que un maestro, nuestro principio (...). Inclinándonos con respecto ante los servicios pasados de un hombre, apreciando la gran utilidad que podrían aportarnos los unos por su riqueza, los otros por su ciencia, los terceros por su alta posición y su influencia pública, literaria, política y social, lejos de buscarles por todo ello, veremos en lo dicho un motivo de desconfianza (...). Al entrar entre nosotros, el nuevo hermano deberá comprometerse solemnemente a considerar su deber hacia esta sociedad como su primer deber, concediendo como su segunda obligación su atención a cada miembro de la sociedad, su hermano"20

            Como recuerda el Dr. Nettlau, hacía un año que el romántico conspirador de origen ruso había abandonado las causas revolucionarias nacionalistas para centrar toda su energía en la causa social. Prueba ésta -como otras muchas- de la fuerte influencia que el liberalismo radical tuvo en el nacimiento del pensamiento anarquista, contradiciendo todo ello, entonces, la tesis -que, por otro lado jamás he compartido- publicada en la serie Documentos de la Editorial Anagrama, con el título Libertarismo versus liberalismo, del profesor de UCLA Carlos Peregrín Otero.

            Esta secretísima sociedad revolucionaria fundada y sostenida por Bakunin y denominada, curiosamente, de variadas maneras como: Sociedad Internacional Revolucionaria, Fraternidad Internacional, Societá dei Legionari della Rivoluzione Sociale Italiana -y que, por otro lado, esta prolija forma de denominarla nos refleja una vez más el apasionado y pulsional "Niño" que Bakunin tanto cuidó y llevó siempre dentro-, acabaría siendo el origen o la causa de las denuncias dirigidas contra él en el seno de la Internacional, por parte de un "britanizado" intelectual como Karl Marx, su yerno Lafargue, Engels y Utin, ocasionando la expulsión del carismático l'enfant terrible de la A.I.T., en 1872.

C.- La apropiación de iconografía y rituales masónicos por parte de las ideologías contemporáneas revolucionarias

            Una de las más viejas y usadas definiciones que la francmasonería ha dado de sí misma, es la de que esta curiosa y antigua forma de sociabilidad "es un hermoso sistema de moral, velado por alegorías e ilustrado por símbolos".

            Intentando darle base justificativa a esta tercera deducción apuntada en la sección C, sobre la apropiación, adaptación o utilización de simbología genuinamente masónica por parte del mundo político liberal y, siguiendo este histórico precedente, más tarde, por el propio movimiento obrero, trataremos de seguir extendiendo nuestro discurso sobre este interesante tema, presentando ahora nuevos ejemplos de adecuación de las "veladas alegorías" y los "ilustrados iconos" francmasónicos por parte del liberalismo, tanto en su vertiente oficial o institucional como en la informal vertiente panfletaria.

            Posiblemente, y utilizamos aquí este conjetural adverbio dado que, después de ímprobos esfuerzos de auténtica caza bibliográfica en la British Library y en las más importantes librerías londinenses, tanto de libro nuevo como de lance, seguimos sin haber descubierto ningún icono "constructivo" en las insignias o banderas de aquellos puritanos radicales ingleses, los Levellers o Niveladores y los de su sección protocomunista, los Diggers, los también llamados True Levellers -aunque no nos extrañaría que la primera instrumentalización política de la imagen del "constructivo" nivel, como referente iconográfico del igualitarismo social, proceda de estos revolucionarios tiempos de la Guerra civil inglesa21-, la primera apropiación simbólico-política que tengamos constadada de este tenor, fue la que llevó a cabo la república federal de los Estados Unidos de Norteamérica. No podemos olvidar que en su revolución participaron célebres y sobresalientes francmasones como Benjamin Franklin, George Washington, el marqués de La Fayette, Thaddeus Kosciuszko, Thomas Adams, Joseph Warren, Richard Caswell, etc., etc., etc.




            Desde su misma gestación como nación y sobre todo durante los primeros años de su historia, los correspondientes a los dos mandatos de su primer presidente George Washington, aquellos ex-colonos británicos, padres de aquel nuevo Estado, careciendo del necesario precedente protocolario e iconográfico republicano y no queriendo remedar para nada, como ya hemos dicho, los símbolos, apariencias y fórmulas institucionales de las viejas monarquías, encontraron en parte de la emblemática y el ritual masónicos la base iconográfica y algunos de los ritos protocolarios para aquel nuevo Estado federal dentro, todo ello, del lógico paradigma estético del neoclasicismo, con la larguísima proyección de referentes iconográficos y estilísticos que esta poética conlleva.

            Buena muestra arquetípica de todo esto que decimos la encontramos en el diseño de su misma bandera, la famosa Stars and Stripes, trazado iconográfico que, todavía hoy, a los masones les recuerda siempre a un conjunto de símbolos harto fundamentales de su iniciática asociación.

            Primero, la masónica y "universal" "Bóveda celeste" de su cantón -"estrellas flamígeras" blancas sobre el azul firmamento- pintada obligatoriamente en el techo del prototípico espacio de sociabilidad hiramita: la logia.

            En segundo lugar, las citadas "estrellas flamígeras", asociadas siempre ritualmente al grado segundo, el de "Compañero"; es decir, que nos pueden estar hablando -como ya he dicho anteriormente en el cuestionario-, de la práctica del "compañerismo" o camaradería, además de un sin fin de variadísimos significantes esotéricos.

            Y en tercer lugar, al anfibológico o plural significado simbólico de que estas estrellas se van a utilizar como representación de cada Estado y disponer en círculo, me refiero al primer diseño denominadoBetsy Ross, por tres crípticas alegorías o motivos masónicos que vienen a reforzar, iconográficamente, la misma idea política de la unida, mutua y eternamente fuerte confederación política.

            Uno, para recordar la idea federal de la masónica y "circular" "Perfecta unión" de los trece Estados iniciales, otro, por recordar el arcano cabalístico del Ouróboros (la culebra, dragón o lagarto, mordiéndose la cola), tan utilizado en su versión ofídica en la iconografía masónica desde el siglo XVIII y que habla del eterno retorno, del infinito y de la eternidad, aquí pudo o puede ser entendido como "amuleto" de buen augurio para la nueva república. Y, el último de los tres motivos señalados, para que esta constelación circular sea comprendida, asociada o asimilada a uno de los signos alegóricos más importantes en el hiramismo, la denominada y "cooperativa" "Cadena de unión". Dado que esa imagen del principio republicano del mutualismo federativo se verá completamente reforzada por esta relevante figura simbólica de la denominada "Cadena de unión" que todos los masones del mundo, después de acabados los "trabajos" de logia, realizan de una manera íntimamente física, al situarse todos los "hermanos" en círculo, abrazándose lateralmente unos con otros, subrayando con esta mística figura que cada "hermano" es un eslabón de la recíproca y cooperativa cadena universal de fraternidad que componen todos los masones en el mundo.

            Recordemos que una de las primeras explicaciones constatadas históricamente del simbolismo de esta bandera fue la que, después de la decisiva batalla de Saratoga, en octubre de 1777, donde el general Horatio Gates venció al polifacético general inglés John Burgoyne, Alfred B. Street le ofreció al vencido general británico una interpretación de la Stars and Stripes, diciéndole:

            "The stars were disposed in a circle
symbolizing the perpetuity of the Union; the
ring, like the circling serpent of the Egyptians,
signifying eternity. The thirteen stripes showed
with the stars the number of the United
Colonies, and denoted the subordination of
the States to the Union, as well as equality
among themselves."22

            Pero quizás las imágenes que mejor representan esto que intentamos explicar, nos las ofrecen, con esa rotunda y lacónica expresividad que sólo poseen las mejores instantáneas fotográficas, cualquiera de los dos cuadros que conocemos representando la colocación de la primera piedra del edificio del Capitolio de los Estados Unidos.

            Uno es de J. Melins y el otro, de mejor factura artística, se debe a la mano del pintor y francmasón norteamericano Stanley M. Arthurs. Aunque desconocemos cuál de las dos pinturas refleja con total fidelidad cómo se desarrolló aquel importante acontecimiento, dado que ambas no coinciden completamente en lo representado, deducimos que la de Melins es más antigua por varios motivos conjeturables: la "construcción" de su exagerada perspectiva nos recuerda el típico abocetado rápido salido de la utilización de una cámara oscura, y su exhaustivísimo detallismo nos habla de la autoexigencia del pintor por dar fe, cuasi notarial, de lo acontecido sin sacrificar nada a la canónica o académica estructura de la obra y, por todo ello, este cuadro resulta obviamente más fidedigno.

            El lienzo de Arthurs, por el contrario, se ve a todas luces que se pinta después de un estudioso trabajo de reelaboración, posiblemente orientándose lejanamente en lo descrito por la obra de Melins, cambiando de situación y de atributos masónicos a los personajes, de tamaño a los postes que sostienen la polea, concediéndole un estético aunque inútil podio o pedestal de ladrillos a la cornerstone y atreviéndose a rectificar el ritual masónico del acto, al incluir en la escena al arquitecto del edificio, con mandil masónico, retratándolo en el momento en que supervisa, escuadrándolo, el sillar ante el Gran Maestro, el propio presidente de la flamante república. No siendo tampoco correcta esta revisión litúrgica, dado que lo correcto sería que el arquitecto Thornton ofreciese los instrumentos -plomada, escuadra y nivel- al "Gran maestre" para que este, una vez revisada por él la piedra, pudiese proclamar las tres cualidades de la misma: "estar a nivel, ser firme y de buena forma", pasándose después al momento de la consagración.

            En el cuadro de John Melins, intitulado George Washington Laying the Cornerstone of the United States Capitol, Sept, 18, 1793, el mismo marco dorado nos habla ya exultantemente de masonería, al estar embellecido en sus esquinas, a guisa de cantoneras, por cuatro "Deltas sagrados" donde se inscriben cuatro "Estrellas flamígeras o radiantes" invertidas. La obra pictórica en cuestión, de dudosa calidad artística para la época -la verdad es que, por su cuasi pueril sencillez, parece adelantarse al estilo naïf- nos describe con pormenor, como ya hemos adelantado, cómo se celebró la colocación de la primera piedra -la piedra angular- del nada menos que futuro "templo" de la democracia norteamericana, el Capitolio de los Estados Unidos. Proyecto arquitectónico de W. Thornton, seleccionado por Thomas Jefferson y que viene a recoger el estereotipo iconográfico clasicista, de clara influencia palladiana, de la vieja iconografía masónica de arquitecturas en directa relación con la hipotética o conjetural reconstrucción fisonómica del templo de Jerusalén. Arquitectura "pensada" masónicamente que tanto agradaba a Jefferson y que este singular político -posiblemente también francmasón- demostró conocer sobremanera cuando él mismo proyectó, y en parte sufragó, su singular Universidad de Virginia de Charlottesville.

            Lo verdaderamente sorprendente de este cuadro es que da fe del ritual que aquellos visoños republicanos eligieron para protocolizar aquel importantísimo evento. La ceremonia no fue otra que un más o menos ortodoxo ritual masónico de fundación de un edificio público, según el Rito de Emulación.

            Dicho de otra manera, que para colocar la primera piedra del edificio fundamental de la nueva y revolucionaria democracia, su primer presidente la va a ubicar ceremonialmente investido con los llamativos atributos masónicos de un Grand Master y no, como cabría esperar, como un victorioso militar o como un sencillo y democrático presidente "laico" o civil. No olvidemos que, como ya hemos explicado, aquella república convirtió a Washington en el primer gran héroe romántico o, si se prefiere, protorromántico de la revolución liberal, sentando con sus rococós y clasicistas glorificaciones -que, en algunas representaciones, llegaron a ser auténticas apoteosis- las bases iconográficas del constructo "militar, liberal y -obviamente- masón"

            Pero volvamos a la descripción de la apaisada escena del cuadro de Melins. En la esquina nordeste del hueco realizado para la ubicación de los cimientos -donde ha sido ubicado el símbolo universal de la masonería, el compás sobrepuesto a la escuadra, en el grado de "Maestro"-, el propio presidente de la república G. Washington, cabeza descubierta, vestido de ritual como "Gran maestre" con sus guantes blancos, mandil, collar y "joya móvil" de su alta "Dignidad", hace descender el sillar aparentando que lo empuja con su mallete, mientras tres acólitos, también sin sombrero, vestidos masónicamente de ritual con mandiles, guantes y collares de los cuales pende la "joya móvil" de "Venerable maestro", esperan, solemnemente, con el trigo, el vino y el aceite para derramarlos sobre la piedra, consagrándola y dando por terminada la ceremonia de fundación.

            Alrededor de esta escena el público: mujeres, niñas, un niño, tres obreros sosteniendo la cuerda en polea que mantiene y hace descender el sillar, la bandera federal, un militar tocando el tambor, y muchos hombres, la mayor parte de los cuales son masones con el mandil atado a su cintura. Como se ve, la nueva república, quizás debido a la falta de un completo protocolo institucional republicano y al posible capricho personal de su presidente, se apropiaba de los usos y costumbres masónicos, permitiendo esta extraña y formal imbricación simbiótica de su República con la "Orden del Gran Arquitecto del Universo".

            Posiblemente, el lógico proceso de "desmasonización"; es decir, la políticamente natural desvinculación formalista de la flamante república federal de los usos y maneras masónicos y de manifestar un excesivo -o un a todas luces políticamente incorrecto- apoyo hacia una discretísima elite de individuos juramentados para rendirse, sea donde sea, el correspondiente apoyo mutuo, empezó con el mandato de su segundo presidente, John Adams.

            Si se analiza textualmente la calibrada, prudente, lisonjera y hasta temerosa carta que, en 1798, este estadista les dirigió a los masones de la Gran Logia de Massachusetts en contestación a la felicitación por su nuevo cargo presidencial, vemos que este sopesado documento, redactado en un estilo literario que intenta estar próximo al de la masonería, refleja, en diplomacia, un elegante e interesado deseo de quedar bien con la influyente asociación -posiblemente convertida en un auténtico grupo de presión ideológico o hasta político gracias a los favores otorgados a ésta por la presidencia washingtoniana-, al mismo tiempo que nos puede estar hablando, por un lado, de esos posibles aires de "desmasonización" de la nueva presidencia, al ubicar Adams a la masonería en su pasado ("muchos de mis mejores amigos eranmasones..")23 y, por otro, de los lógicos descontentos, recelos y críticas que se habían creado en los ambientes políticos republicanos no masónicos con relación a la discreta asociación de los "nuevos constructores", tan protegida o, mejor dicho, mimada por el primer presidente. Veamos, como ejemplo, el fragmento que el Diccionario Enciclopédico de la Masonería de Lorenzo Frau nos ofrece, traducido, de este documento, en su entrada de Adams, Juan:

"No teniendo el honor de pertenecer a vuestra antigua Orden, es mayor aún mi reconocimiento por vuestra afectuosa y atenta felicitación. Muchos de mis mejores amigos eran masones; y dos de ellos, mi maestro, el sabio Gridley, y mi íntimo amigo vuestro inmortal Warren, cuya vida, no menos que su muerte, son lecciones de patriotismo y filantropía, fueron Grandes Maestros, sintiendo cada vez no haber sido iniciado en vuestros misterios. Los ejemplos que acabo de citar y el más elocuente aún de mi venerable predecesor, serían bastante para constituirme en defensor del honor y buen nombre de la sociedad, aun cuando no estuviese penetrado de su amor por las bellas artes, su entusiasmo en el ejercicio de la benevolencia y su abnegación por la humanidad.- Vuestra generosa calificación respecto a mi conducta y buenos deseos por el término feliz de mi período presidencial, son acreedores a todo mi agradecimiento.- Las pruebas que habeis dado de amor a vuestra patria y la oferta de vuestros servicios para proteger la herencia de vuestros antecesores, no dejan duda de cuán elevados son los sentimientos que os animan y de cuán injusta es la opinión que muchos profesan sobre los designios de vuestra sociedad."24

            Más tarde, será la Francia revolucionaria quien, emulando o remedando el bien conocido precedente revolucionario estadounidense, recoja, tanto a nivel de publicística oficial como a nivel de la correspondiente al mundo panfletario, infinidad de "Atributos simbólicos" o referentes iconográficos masónicos, componiendo de esta manera una complejísima emblemática revolucionaria preñada de "igualitarios" niveles, "moralizantes" escuadras, "Deltas sagrados", "Estrellas flamígeras", compases, "deísticos" "Ojos omnividentes", colmenas con sus "cooperativistas", "constructivas" y "laboriosas" abejas, "estables" y "seguras" áncoras, pirámides, obeliscos, truncados fustes, estereotipados y "virtuosos" "Templos de Salomón", etc., etc., etc. En lo que respecta al ámbito publicístico de los panfletos, folletos u opúsculos, éste poseerá, en ocasiones, un clarísimo influjo iconográfico francmasónico, sobre todo, en ese tipo de papel barato utilizado para el fin propagandístico por el simbiótico tándem -descubierto por el profesor Kennedy- formado por el variado ámbito de la impresión y las sociedades jacobinas-.

            Bajo la influencia de los clubes jacobinos de provincias se imprimieron infinidad de panfletos preñados de clara iconografía masónica donde, por lo general, los símbolos más repetidos serán el equilibrado y divino "Delta" y el "igualitario" nivel. Todavía hoy es facilísimo, por ejemplo, encontrar en los anticuarios de Besançon abundantes colecciones -por cierto carísimas para un bibliófilo modesto- de esta curiosa panfletística. El porqué de estas fuertes influencias entre la masonería y el jacobinismo nos lo ofrece el trabajo del profesor Michael L. Kennedy -ya citado por mí en el discurso de mi obra Galicia y la masonería en el siglo XIX (pp. 19-20)-, y que parece reforzar la vieja tesis gramsciana -que yo también sostengo- de que la historia del desarrollo orgánico o estructural del partido político contemporáneo le debe muchas influencias a la masonería, cuando declara que:

"Aún asi, considerándolo todo, no se puede negar el hecho de que los clubes le deben mucho a las logias. El abrazo fraternal, el uso de la balota (o bola negra, entendida como voto negativo) y el empleo de términos como "frére" (hermano) y "temple"  (templo), aunque no poseen un origen estrictamente masónico como afirma Brinton, sí suponen una influencia masónica. Debe comentarse algo respecto a la afirmación de Gaston-Martin de que la red jacobina tuvo como modelo a la masónica. Ya en 1790, Camille Desmoullins comentaba sobre la sociedad (jacobina) de la calle St. Honoré: 'Es su Gran Oriente, el centro con el cual todos los jacobinos y amigos de la constitución de los 83 departamentos, mantienen correspondencia'. Las sociedades masónicas, como los clubes que (también) precisaban certificados de afiliación (o diplomas), enviaban sus listas de miembros y estatutos a la capital, poniendo allí a buen recaudo las cartas de recomendación de las logias cercanas. Sus peticiones expresando devoción a la masonería y su deseo de admisión en el Gran Oriente, suenan de modo notablemente familiar a las escritas posteriormente por las sociedades (jacobinas) de provincias. En la estructura organizativa, tanto jacobina como masónica, las redes regionales se desarrollaron agrupadas en torno a los centros urbanos provinciales. Y, aunque los jacobinos carecían de algo comparable con la asamblea nacional (masónica) en la capital, a la que cada logia enviaba un representante, el club de Lille intentó sin éxito instaurar una "sociedad madre" para implantar un sistema similar en la primavera de 1790."25

            Después, el Imperio napoleónico volvería a oficializar o "marchamar" estatalmente infinidad de iconos masónicos -como también estatalizaría a la propia masonería francesa y a sus propagandísticas logias militares-, empezando por una buena porción de los símbolos de su propio ejército: diseños de botonaduras, de numismática o medallística, etc.

Postcriptum

            Más informaciones podríamos añadir a esta introductoria investigación sobre las concurrencias e influjos que la masonería llegó a tener con respecto al movimiento obrero y, sobre todo, en la gestación o formación del denominado criterio libertario.

            Podría a continuación profundizar un poco más en la interesante vida masónica y revolucionaria de un personaje citado ya con cierta profusión, me refiero al incansable Mihail Alexandrovich Bakunin. Hacer, desde el conocimiento masonológico, un profundo y detallado análisis textual de su obra -como, asimismo, de la de convencidos masones y publicistas de la ideología anarquista como Élisée Reclus o Paul Robin- resulta a todas luces completamente necesario y puede darnos, además, una de las claves principales para poder entender esas convergentes similitudes ideológicas -o, por lo menos, místicas y simbólicas-, entre el pensamiento libertario y el de la propia masonería.

            Sin olvidar, en esa necesaria investigación que apuntamos, estudiar con pormenor a la secretísima -y al parecer nada numerosa, como parece descubrir A. Romano- Fraternidad internacional bakuninista. Profundizar en el estudio de la estructura orgánica de esta discretísima y conspiradora asociación donde, desde 1864 -como recuerda Guillaume-, se dejaron introducir revolucionarios italianos como los masones G. Fanelli y Saverio Friscia, franceses como los también hiramitas Élie y Élisée Reclus, Benoît Malon o Alfred Naquet, escandinavos y eslavos y, después de 1869, españoles como Arístides Rey y Farga Pellicer y nuevos miembros franceses como Varlin o Robin, suizos como el propio Guillaume, etc,26 resulta a todas luces, fundamental. Los claros influjos que, sobre esta discretísima asociación imprimió Bakunin, retomando consciente y sincréticamente los ritos y las formas del ya viejo carbonarismo y de la francmasonería -como hemos podido ver anteriormente y también señaló Daniel Guerin-, resultan completamente palmarios para cualquier estudioso de estos temas.

            Baste decir -como ejemplo, aunque conjetural, quizás representativo-, que las secretas señales de reconocimiento que tuvieron que utilizar los "entristas" correligionarios de Bakunin en esta sociedad secreta,27 pueden seguir hablándonos de cómo aquel indomable aristócrata ruso reinventaba para su nueva asociación estos signos de identificación "tribal", basándose para ello, lejanamente, en las viejas señas, toques o gestos de la masonería. Probablemente, alguna de aquellas secretas señas de identidad "fraternalista" bakuniniana ha llegado, exotéricamente, hasta nosotros, como el ya descrito gesto universal de salutación anarquista.

            Por lo de ahora y mientras no se estudie este "encuentro" en profundidad, entiendo que los puntos de coincidencia ideológica entre ambos movements -el libertario y el masónico- pueden ser, fundamentalmente, los siguientes:

            Su acendrado e individualista humanismo de profunda carga deontológica. Esa particularísima "postura filosófica ante la vida" que poseen tanto los masones como los ácratas -con mayor intensidad los prekropotkianos-, con todas las variadas y profusas trascendencias que esta forma de entender la práctica social e individual conlleva, al basar ambas "culturas" sus principios de proyección "política" en una convencida labor de pedagogía integral. Para el caso específico español, el "encuentro" en este ámbito se aprecia todavía con más relieve, debido a la fuerte aceptación que en esta nación tuvo el krausismo.
            Su utopía universalista o cosmopolitista. La vieja y mística reivindicación masónica de la "Fraternidad Universal" fue recogida, como auténtica primordia rerum , por parte de las dos grandes corrientes del obrerismo del último tercio de siglo XIX y principios del veinte, la marxista y la libertaria. Fraternidad universal repetida, hasta la saciedad, como utopía final de sus teóricas reivindicaciones por su cartelística y sus discursos. No olvidemos que estas dos culturas políticas, la masonería y el proletarismo, van a compartir la misma aspiración programática de tener un definido "proyecto político" de lograr una sociedad nueva igualitaria y universal.

            Su viejo ideal interclasista, sobre todo, y en el caso de los libertarios, hasta la entrada histórica del llamado anarcocomunismo o comunismo libertario.

            Su convencido laicismo y su visceral mentalidad anticlerical. Este punto de encuentro se entiende, exclusivamente, para el caso masónico de las llamadas masonerías latinas o liberales, quedando completamente apartada la masonería regular o anglosajona de este tipo de inquietudes ideológicas.

            Y, por ultimo, su profundo sentimiento "tribal" o fraternalista. Las particulares formas de entender el apoyo mutuo por parte de los masones y los anarcos llega a contraer las formas y maneras de un auténtico "sectarismo" ideológico o "político". Este fraternalismo tan fuertemente sentido y practicado por ambos ambientes desde sus mismos nacimientos históricos, no se encontrará con facilidad en otras culturas políticas de la contemporaneidad universal.

            Por otro lado, su gran desencuentro o diferencia no radicará, como aparentemente pudiera parecer, en la compleja, iniciática y ceremoniosa estructura jerárquica -que no autoritaria- de la masonería, sino más bien en los medios o la forma de alcanzar la compartida utopía final universalista de estas dos culturas políticas. Los ácratas, como es sabido, intentando llegar a ella por medio de la violenta y apocalíptica destrucción revolucionaria del para ellos caduco mundo capitalista -esperando siempre para "mañana" o "pasado mañana" su particular parusía- y, los reformistas masones, desarrollando su pacífica, tolerante y educativa acción de convencimiento, por medio de los igualitaristas y humanísticos ejemplos morales de su filantropía y de su cándido fraternalismo.

            Podría, por último, exponer en este discurso, sintomáticos ejemplos de jovencísimos obreros iniciados en la masonería en la Galicia del siglo XIX que, después de un tiempo de formación integral dentro de las logias, acabaron siendo los fundadores del obrerismo marxista de este país. Como fue el caso -ya estudiado en mi libro Galicia y la masonería en el siglo XIX-, del mecánico ferrolano Francisco Fernández García, de "nombre simbólico" Ferreti, y de una buena parte de sus compañeros de la primera Agrupación socialista gallega, fundadores con él del primer periódico socialista de Galicia, El Obrero.28

            Podría, en suma, seguir mostrando más coincidencias, interrelaciones o concomitancias habidas entre estas dos grandes culturas políticas de la historia universal: el societarismo y el hiramismo, pero creo que, por esta ocasión, lo aquí presentado y sugerido viene a ser un sencillo, objetivo y sintomático abanico de ejemplos que, por lógica deducción, podrán ser motivo de una necesaria y posterior reflexión que, espero, llegue a provocar la realización de futuros ensayos esclarecedores, nuevos descubrimientos o distintos enfoques sobre el fenómeno en cuestión.



sábado, 15 de noviembre de 2014

La transición española fue un engaño con la complicidad del PCE y PSOE


La transición española  fue un engaño con la complicidad del PCE y PSOE Que no te cuenten otra historia

Preguntas: ¿De dónde sale el Rey? ¿Suárez? ¿Cómo se parió la Constitución de 1978? ¿Cuál fue el papel del PCE? ¿Y el PSOE? ¿Santiago Carrillo? No podemos olvidar el pasado, aprender de la memoria histórica para armar las luchas del presente.

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=cVz51GwBaCI#

jueves, 13 de noviembre de 2014

A los cien años de su muerte. Pero, ¿quién era Anselmo Lorenzo?

Anselmo Lorenzo es y ha sido una constante referencia para los anarquistas y anarcosindicalistas españoles. No sólo en la actualidad lleva su nombre la institución que recoge la mejor colección documental del proletariado hispano, la Fundación Anselmo Lorenzo de la CNT, sino que así se llamó en los años del tardofranquismo el colectivo que, bajo el impulso de Juan Gómez Casas, tanto hizo por la articulación y reconstrucción de la Confederación anarcosindicalista. También en los años de la Segunda República y la Guerra Civil era frecuente la reedición de alguno de sus textos o la celebración de actos y reuniones bajo su efigie.
Ese reconocimiento ya se manifestaba en los últimos años de su vida. Manuel Buenacasa, que llegó a ser secretario general de la CNT, nos dice en su Historia del Movimiento Obrero español, que "al llegar a Cataluña cualquier militante joven con ganas de seguir siéndolo, se veía atraído poderosamente por el deseo de conocer al más prestigioso de nuestros hombres de entonces y notabilísimo internacionalista Anselmo Lorenzo, a quien con cariño llamábamos todos el Abuelo". Y, en un librito escrito en su homenaje con ocasión de un aniversario de su muerte, decía Higinio Noja: "Veneración nos inspiraba el Abuelo bondadoso, cuya cordialidad se traducía en frases amables y afloraba en su labios en una sonrisa. No sabemos qué sería para otros su modesta casita de la calle Casanova. Para nosotros, era un santuario. El santuario de la idea hecha carne en el simpático Abuelo".
Pero, más allá de ditirambos, ¿quién era Anselmo Lorenzo? ¿A qué debía su indudable prestigio? Inútil será buscarle en las direcciones y secretariados de las distintas organizaciones del movimiento libertario en sus años de madurez; es cierto que durante su juventud tuvo un evidente protagonismo en el establecimiento de la sección española de la Primera Internacional, pero desde que en 1881 fue expulsado de esta agrupación, cuando acababa de cumplir cuarenta años, no volvió a ocupar cargos orgánicos de relevancia.
Es éste un fenómeno que se repitió en el movimiento libertario con personalidades como Buenventura Durruti o Federica Montseny y sobre el que se ha escrito poco. Pero no me resisto a establecer un fácil paralelismo entre Anselmo Lorenzo y Pablo Iglesias, otro tipógrafo del primer internacionalismo madrileño y también llamado por los suyos "el abuelo", que desde el primer momento se encaramó a la dirección del partido obrero, y tempranamente a la del sindicato socialista, para no renunciar en toda su vida a un protagonismo personal que en ocasiones rozó el culto a la personalidad.
Tampoco sobresalió Lorenzo por su aportación teórica al corpus ideológico anarquista, que por entonces aún se estaba cimentando. Es fácil pensar, sobre todo hoy en día, que fue su condición de obrero autodidacta la causa de que su contribución al ideario anarquista resultase escasa, pero la abundancia y solvencia de su producción escrita y publicada es prueba suficiente de su sobresaliente capacidad intelectual. Con esto no quiero decir, ni mucho menos, que su obra carezca de valor, sino que se dedicó más a divulgar los principios e ideas de los clásicos del anarquismo, a los que trató y con los que se relacionó personalmente, que a realizar aportaciones novedosas.
Fue autor de docenas de folletos y de libros como Criterio libertario, quizás uno de los más conocidos; El banquete de la vida, subtitulado Concordancia entre la naturaleza, el hombre y la sociedad; el póstumo Evolución proletaria, que salió con un prólogo de su amigo Fernando Tarrida del Mármol, que además escribió el prefacio para otra de sus obras, titulada Vía libre. El trabajador. Su ideal emancipador. Desviaciones políticas y económicas. También publicó Hacia la emancipación y La anarquía triunfante, además de otros textos menos conocidos, a pesar de que fueron reeditados en Francia por el movimiento libertario español en el exilio, como los titulados El poseedor romano o El pueblo: estudio libertario.
Incluso dio a la imprenta en 1893 una novela, que él mismo calificó como "Episodio dramático social", con el título de Justo Vives que fue editada en Barcelona por la revista L'Avenç, del también anarquista Celso Gomis. Y hasta tuvo tiempo para publicar un folleto de carácter profesional titulado Sinopsis ortográfica: A la Tipografía española. Reglas para el uno de las letras dudosas y de los acentos.
Pero, sin duda ninguna, su libro más conocido es El proletariado militante, una obra que recorre la trayectoria del núcleo fundacional de la Primera Internacional en España y, como consecuencia del forzado exilio, de Portugal. El texto tiene una evidente finalidad historiográfica que va más allá de la semblanza de recuerdos y personajes o la hagiografía personal; es un acta de acontecimientos y una recopilación de documentos que desvelan la modestia particular de Anselmo Lorenzo y su interés por dejar un testimonio veraz y acreditado de una historia que quiere que se recuerde como colectiva. Quizás como respuesta adelantada a su tiempo a las palabras que le dedicó a su muerte el poeta modernista Gabriel Alomar: "¡El anarquismo! ¿Cuándo se escribirá la impresumible historia de esta secta de proscriptos? El mundo vulgar no ha conocido, de todas estas abnegaciones, más que la violencia de algunos alocados, ebrios del vino generoso que no estaba preparado para ellos o la barroca desvirtuación de algunos indignos. Juzgar la escuela por la conducta de los fanáticos es una gran fuente de errores".
Escribiendo El proletariado militante, cuyo primer volumen salió de imprenta en 1901, fue el pionero en España de la historia social, adelantándose al socialista Francisco Mora que publicó su Historia del socialismo obrero español: desde sus primeras manifestaciones hasta nuestros días en 1902. Detrás de él hubo una larga lista de trabajadores que escribieron la historia de su clase o dejaron testimonio de sus luchas, entre los que merecen ser citados los anarquistas Manuel Buenacasa, Juan Gómez Casas o José Peirats y los marxistas Juan José Morato o Amaro del Rosal.
Tradujo para editoriales comerciales, como Sempere o Maucci, obras de sus amigos y compañeros, como La Gran Revolución de Piotr Kropotkin; libros de filosofía, como Historia de las ideas morales de Paul Gille; novelas, como En anarquía escrito por Hortense Grille y publicado bajo el seudónimo de Camilla Pert; y colaboró con Odón de Buen, uno de los más destacados científicos españoles de su tiempo, en la traducción de la colosal El hombre y la tierra de Elisée Reclus. En el ámbito pedagógico tradujo, entre otros volúmenes, La escuela nueva. Bosquejo de una educación basada sobre las leyes de la evolución humana, un ensayo escrito por el pedagogo J. F. Elslander que se editó por las publicaciones de la Escuela Moderna.
Y a pesar de ser autor de una obra tan variada como copiosa, Anselmo Lorenzo, más que como ideólogo, debe ser considerado un publicista, pues fue, sin duda, uno de los más infatigables divulgadores del anarquismo en lengua castellana, con una labor que permite compararle a Federico Urales. Por ejemplo, en uno de los periodos más difíciles para el movimiento libertario, los primeros años de la década de 1880, animó Acracia, una de las más notables publicaciones del rico catálogo de revistas libertarias, que fue fundamental como guía teórica y como enlace con el anarquismo de más allá de nuestras fronteras.
Y aunque sólo por su colaboración en esa cabecera merecería ser recordado, su actividad periodística fue abrumadora, sobre todo para alguien que debía compaginar esta tarea con el ejercicio de una profesión manual que le permitía ganarse la vida y con una activa militancia en el anarquismo y el sindicalismo de su tiempo. Con menos de treinta años, fue el redactor de la declaración de principios que se publicó en el primer número de La Solidaridad, la publicación internacionalista pionera en lengua castellana, y participó activamente en la redacción de La Federación, que fue el portavoz de los antiautoritarios en España después de la quiebra irreversible de la Internacional.
Desde entonces no dejó de estar presente en numerosos proyectos periodísticos de carácter obrerista y libertario: Ciencia Social, que en buena parte nació por su impulso personal, La Huelga General, Tierra y Libertad, La Revista Blanca y sus Suplementos, La Idea Libre… La relación no puede ser exhaustiva porque con mucha frecuencia, y es otro ejemplo de lo consecuente que era con las ideas que profesaba, no firmaba los artículos o lo hacía con seudónimo o una simple L. Hasta llegó a publicar, con tanto humor como humildad, su trabajo Las olimpiadas de la paz y el trabajo de mujeres y niños, presentado al concurso para obreros organizado por el diario madrileño El Liberal en 1900 y que ganó el tipógrafo socialista Matías Gómez Latorre.
Buena parte de esa actividad de traductor y publicista la realizó en el entorno de la Escuela Moderna que, por iniciativa de Francisco Ferrer Guardia, abrió sus puertas en Barcelona en 1901. Ambos se conocieron en París, con motivo del exilio de Lorenzo tras ser liberado del castillo de Montjuich en 1897. Por entonces, Ferrer era un republicano avanzado interesado por la pedagogía y que estaba proyectando su renovadora escuela. Desde el primer momento, Anselmo Lorenzo fue el más constante y cercano colaborador de Ferrer y de su escuela; menos impartir clase, creo que se puede afirmar que el tipógrafo anarquista participó de cuantas iniciativas y actividades se desarrollaron en el entorno de la Escuela Moderna y sus publicaciones. No en vano fue Anselmo Lorenzo el redactor del prólogo del libro póstumo de Ferrer Guardia que, con el mismo título que su centro educativo, vio la luz después de que éste fuese injustamente condenado y fusilado en Barcelona y su escuela fuese arbitrariamente clausurada.
Pero, con ser importante esta faceta de constante publicista y propagandista del ideario anarquista, no basta para justificar su prestigio entre la clase trabajadora. El auténtico valor de Anselmo Lorenzo no lo podemos buscar en sus aportaciones teóricas al anarquismo, que ya hemos dicho que fueron escasas, o en la frecuencia con que las divulgaba, pues otros lo hicieron, si no con la misma, con parecida intensidad: fue su permanente fidelidad a los principios que inspiraron a la sección española de la Primera Internacional y de los que él no se apartó en ningún momento.
Anselmo Lorenzo fue durante casi medio siglo el defensor más constante del anarquismo obrerista, sin que ni la represión policial ni el éxito aparente de otras corrientes ideológicas o tendencias ácratas le apartasen de la adhesión al viejo lema internacionalista: "la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos" y de la defensa del modelo organizativo propuesto por la sección española y que él defendió personalmente en la Conferencia de Londres de 1871, aunque dicho canon fuese redactado por los jóvenes universitarios Trinidad Soriano y José García Viñas, quien tuvo un comportamiento personal con Lorenzo que puede calificarse con justicia de miserable.
Ni siquiera su activa participación en el proyecto pedagógico de la Escuela Moderna le alejó de la lucha sindical. Para él, la injusticia social se asentaba sobre dos pilares: el privilegio, contra el que luchaba el sindicalismo revolucionario, y el atavismo, que sólo podía ser superado por la escuela; así pues, en su opinión, ambos frentes de lucha se complementaban y su entrada en el círculo de Ferrer Guardia le permitió durante poco más de una década compatibilizar uno y otro.
No se dejó llevar por el marxismo, a pesar de que algunos de sus compañeros antiautoritarios más dogmáticos desconfiaron de él por su supuesta contaminación marxista, que sólo escondía una férrea voluntad de mantener a la clase obrera unida y alejada de rencillas más propias de la política burguesa. Difícilmente podía ser marxista quien, después de conocer personalmente a Carlos Marx y residir en su casa, había escrito "allí vi a aquel hombre descender del pedestal en que en mi admiración y respeto le había colocado hasta el nivel más vulgar, y después varios de sus partidarios se rebajaron mucho más aún, ejerciendo la adulación como si fueran viles cortesanos delante de un señor".
También desconfió que la lucha partidaria encauzada hacia la ficción parlamentaria y la participación en las instituciones políticas democráticas ofreciesen la posibilidad de transformar el sistema económico; y por eso se manifestó públicamente en contra de la participación del sindicalismo anarquista en la Comisión de Reformas Sociales, a la que los socialistas enviaron a José Mesa, y del Instituto que con el mismo nombre la sucedió. No dejaba de reconocer las ventajas de un sistema democrático, pero consideraba que correspondía a la burguesía implantar ese régimen liberal, lamentándose de que la española no hubiese sido capaz de enterrar definitivamente el absolutismo tras la muerte de Fernando VII. La respuesta que dio en 1902 a una encuesta del diario El Liberal es contundente: "Que la burguesía, incapaz de progresar, por su disposición ante el privilegio y por su adhesión hipócrita a la idea debilitante de la religión, del derecho, de la política y de la economía que le sirve de fundamento, haga voluntariamente lo que deberá hacer un día por la fuerza revolucionaria: cesar su sistemática usurpación de la riqueza social".
Porque para Anselmo Lorenzo la democracia parlamentaria no atajaba la raíz de la injusticia que padecían las clases populares; su amigo Tarrida del Mármol nos dice que "Pi y Margall despertó en su ánimo la duda sobre el valor del federalismo, en cuyo campo militaba, e hizo que el joven Lorenzo fijara, por primera vez, su atención en los problemas económicos. Comprendió que aquella igualdad política que él explicaba en sus artículos era una mentira manifiesta ante la desigualdad económica".
Por esa rebelión casi innata ante la injusticia y por ese agudo sentido de pertenencia a una clase social, ni creyó en el regeneracionismo de Joaquín Costa, una corriente política que creció como fruto del Desastre colonial de 1898 y que tenía un sentido moralizador y colectivo que podrían haber sido de su gusto, ni apoyó el nacionalismo catalán, que conoció por haber vivido en Barcelona, y que consideró un señuelo de la burguesía para alejar a los trabajadores de su emancipación. En noviembre de 1901, mientras preparaba la huelga general del año siguiente, escribía: "He aquí por qué lo mejor que los trabajadores catalanes y vascos pueden hacer es ir directamente a la huelga general, a la revolución social, y dejar que catalanistas y bizkaytarras saquen las castañas del fuego con sus propias manos".
Su propia biografía y la popularidad que disfrutaba en tierras catalanas eran, por sí mismas, una declaración de intenciones contra todo nacionalismo; lo explicaba Federica Montseny en una semblanza sobre él: "Mientras unos se han complacido en presentarlo [al anarquismo] como extraño a esta tierra, como importado de fuera, otros se han empeñado en darle un carácter nacionalista y específico regional igualmente falsos y dañinos"; y contraponía la figura de Anselmo Lorenzo, "toledano de vieja cepa [que] marcó con su sello inconfundible treinta años de movimiento obrero y anarquista catalán", con la de su padre, Federico Urales, "hijo del corazón de Cataluña [que] ocupó, durante veinte años, el centro de las actividades anarquistas en la capital de España".
Pero no por ser un conocido militante dejó de ser un agudo crítico con el movimiento libertario. Con la misma firmeza se mostró hostil a aquellas corrientes del anarquismo que no reconocían el valor central de la clase trabajadora. Por decirlo con palabras de alguien tan caracterizado como Federica Montseny: "Él fue, por así decirlo, el primero que valorizó la personalidad de las masas obreras, que reconoció inteligencia y sentido constructivo al pueblo trabajador, dándole la importancia decisiva, la acción determinante que hasta entonces no se le había reconocido".
Ese reconocimiento del valor colectivo del proletariado le alejó del anarquismo individualista y espontaneísta. Para Anselmo Lorenzo, como por otro lado también lo fue para Mijaíl Bakunin, el individuo es parte de una colectividad de forma consustancial e ineludible: el Estado, artificial, debe de ser derribado; la Sociedad, que está en nuestra naturaleza humana, debe de ser reformada. Sólo la solidaridad entre los trabajadores y su acción mancomunada puede llevarles a la emancipación. Para él, no había espacio para la liberación individual ni para el escapismo; Federica Montseny nos dice: "Su concepto de las multitudes asalariadas como valor propio, como energía en potencia y como movimiento en marcha hacia la emancipación social, significa la antítesis del concepto desdeñoso y autoritario que de las masas obreras tuvieron y tienen otros sectores proletarios".
Aún era más crítico con los que recurrían a una violencia que se proclamaba revolucionaria y que por entonces se resumía en "la propaganda por el hecho". En noviembre de 1910, recién constituida la CNT, advertía desde las páginas de Tierra y Libertad: "Entre la masa informe de esos anarquistas, descuellan algunos sentimentales, impacientes y, al parecer, impulsivos, que ya saben todo, que cierran motu proprio el periodo de la propaganda y quieren abrir el de la acción: han oído hablar de "acción directa" y, como si todo el monte fuera orégano, quieren que se vaya contra los obstáculos como iba D. Quijote contra los molinos de viento [...] Medítese bien el caso, y se comprenderá que la Revolución social no ha de ser obra de un talismán poseído por un ilusionado, ni por la de un heroico Sansón, sino "por los trabajadores mismos", como enseñó la Internacional, y eso a costa de trabajo, de propaganda, de organización y de constancia, y estoy por decir, que el que no lo comprenda así, lejos de beneficiar, estorba".
Pero, entonces, ¿quién era Anselmo Lorenzo? No fue un líder sindical, ni un importante teórico, ni un publicista especialmente destacado, ni un reputado pedagogo. ¿A qué debía, entonces, su indudable prestigio? La vida y la obra de Anselmo Lorenzo, que son consecuentemente indisolubles, son la guía y el ejemplo de una inquebrantable fidelidad al anarquismo obrerista. Él fue quien mantuvo vivos y firmes los valores primigenios de la Primera Internacional en España, y España fue el territorio en el que esos valores alcanzaron un eco mayor y se plasmaron en las más hermosas realidades.
Es en el análisis de la organización y de la estrategia a seguir por el movimiento sindical, especialmente el de orientación anarquista, donde su magisterio resulta evidente, fruto no sólo de su larga experiencia sino también de su aguda reflexión y de un carácter ecuánime y poco sectario. Podemos resumir su pensamiento sindical en tres máximas: en primer lugar, la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos y no resultado de la actuación de una vanguardia proletaria o de la acción política de unos burgueses bienintencionados. En segundo lugar, esa emancipación debe de conformar una nueva sociedad, en la que los privilegios de la burguesía no sean sustituidos por los privilegios de cualquier otra minoría: no más derechos sin deberes y no más deberes sin derechos. Y, por último, todos nosotros somos corresponsables de la marcha de la sociedad, no podemos quedarnos al margen de las injusticias sin actuar, no podemos quedarnos en la crítica sin proponer.
De ahí deriva su oposición a las cajas de resistencia, que daban un poder ilegítimo al organismo centralizado que las administraba; su antagonismo con la actuación de minorías autoerigidas en el seno de las organizaciones sindicales, como la Alianza bakuninista a la que perteneció; su desacuerdo con cualquier pretensión de dividir a la clase trabajadora, no sólo con cuestiones políticas que le son ajenas sino también con gremialismos o nacionalismos; su confianza en que la propaganda y la organización son el único camino hacia la Revolución Social, sin atajos ni componendas…
Su tozudez en la defensa de un movimiento obrero organizado, solidario y de orientación anarquista fue su principal mérito. Y no fue pequeño. Porque si el anarquismo obrerista en España se hubiese disuelto por el viento de la historia o si este sindicalismo revolucionario hubiese seguido otro camino, como sucedió en otros países, su labor hubiese sido estéril. Pero a partir de 1910, con la fundación de la CNT, y sobre todo a partir de 1936, con la Revolución Social, lo que en Anselmo Lorenzo fue teoría se convirtió en sólidas realidades. El 2 de septiembre de 1914, sintiendo cerca la muerte, escribió a Tarrida del Mármol: "deseo vivir, porque frente al impuso que ha producido a la humanidad la gente que manda, tengo la seguridad de que el proletariado emancipador, tal como yo lo entiendo, ha de hallar e imponer la solución radical y práctica, y deseo manifestar esa seguridad y sugerirla al mundo".
Juan Pablo Calero
Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad Noviembre de 2014


jueves, 6 de noviembre de 2014

La transición borró los nombres de las mayores defensoras de la educación pública


Una vida de película llevó a las hermanas Úriz, pioneras de la escuela moderna en España, a luchar contra el fascismo en la II Guerra Mundial, denunciar ante Naciones Unidas las condiciones de las presas en cárceles de Franco y a promover el Día Mundial del niño, aún vigente, entre otros episodios silenciados en la España democrática

Tres décadas después de su fallecimiento en Berlín Oriental, los nombres de Josefa (1883-1958) y Elisa Úriz Pi (1893-1979) han resonado en un pequeño rincón de Navarra. Un amplio programa de actos organizados por el Ayuntamiento del Valle de Egües, su lugar de origen, ha recordado durante cuatro días el elevado compromiso social de estas hermanas que defendieron los derechos de la mujer y de la infancia ante Naciones Unidas, lucharon con la resistencia francesa en París durante la Segunda Guerra Mundial y se enfrentaron a la Iglesia en defensa de una educación igualitaria, entre otros hitos.
Desde la semana pasada, una plaza  de esta localidad navarra lleva el nombre de las dos intelectuales. Además, un colegio público espera ahora la autorización del Gobierno de Navarra para poder rebautizarse con el nombre de una de ellas.
Poseedoras de una mentalidad progresista y una conciencia crítica, la vida de las hermanas Úriz Pi está plagada de episodios, dentro y fuera de España, en defensa de los valores democráticos. Ambas militaron en el Partido Comunista, y tuvieron que exiliarse en 1939. Con la Transición, y el regreso de la democracia tras cuatro décadas de dictadura sus nombres quedaron silenciados.
"Se olvidaron de ellas porque eran dos comunistas y aquí siempre se ha tratado de minimizar el trabajo intelectual realizado por militantes comunistas, a los que se les ha tildado más de saboteadores que de gente que quería ayudar y enseñar", lamenta Olga García Domínguez, hija de miembros del PCE exiliados en Alemania y vecina de Elisa Úriz en Berlín Oriental. "En este país se ha ocultado todo", subraya.
Olga es una de las personas que ha preservado el legado de las hermanas Úriz a través de los múltiples documentos que guarda de ellas, fruto de la estrecha convivencia que mantuvieron los padres de Olga con Elisa tras la muerte de la hermana mayor.
Pioneras de la escuela moderna en España
Maestras de profesión, se considera a Josefa y a Elisa como las precursoras de la escuela moderna en España. Introdujeron los avanzados métodos educativos de María Montessori, Celestine Freinet, Ovide Decroly y Jean Piaget, entre otros, décadas antes de que comenzaran a generalizarse en el país.
Democratizaron las aulas eliminando las tarimas, se opusieron a los castigos, promovieron las asociaciones de padres y madres, sustituyeron los manuales por apuntes e introdujeron el comentario de texto sobre lecturas relacionadas con la realidad social. Josefa Úriz, Pepita, que dirigió la escuela normal de Magisterio de Lleida, creó la primera cátedra de estudio del catalán, abrió una residencia laica para que las jóvenes no se tuvieran que alojar en conventos y modernizó la biblioteca de la escuela, con una sala de lectura y gestión de préstamo de libros, antes inexistente.

"Eran mujeres muy activas; estuvieron en París, en el Congreso de la Paz, y becadas en Europa" relata Olga. En concreto, Pepita trabajó en Bélgica con el doctor Decroly y Elisa en Ginebra, estudiando los nuevos métodos de aprendizaje musical de Dalcroze, según ha indagado el historiador y periodista Manuel Martorell, que ha investigado la vida de estas dos hermanas y, junto a Olga, participó en los actos de homenaje de la pasada semana en Navarra.
Desterrada por recomendar una lectura feminista
La llegada de Pepita Úriz a la escuela normal de Magisterio de Lleida, con sus métodos avanzados, llamó pronto la atención de los estamentos más conservadores de la ciudad. "El obispo Josep Miralles la denunció ante el rectorado de la universidad por haber recomendado  a sus alumnas que leyeran un libro de Margarita Nelken", cuenta Olga. La denuncia derivó en un expediente que acabó convirtiéndose en una cuestión de estado. "Intelectuales de la época como Menéndez Pidal, Ramón y Cajal y Julián Besteiro firmaron un manifiesto de apoyo a Pepita", explica.
El propio presidente de las Cortes salió en su defensa, paralizando el proceso y provocando la dimisión del ministro de Educación. Pero la llegada de la dictadura de Primo de Rivera reabrió el expediente,  y fue expulsada a 100 kilómetros de la ciudad sin empleo ni sueldo durante un año. “Hubo una campaña a su favor y sus compañeros hicieron una colecta para poder pagarle durante un año el salario”, añade.
Hasta 100.000 menús infantiles al día en plena guerra
Sensibilizadas con las víctimas más débiles de la Guerra Civil, los niños, ambas hermanas participaron en la ayuda de retaguardia. "Estuvieron muy activas en las colonias pedagógicas, alimentando a los niños", indica Olga. Llegaron a dar, según datos contrastados por Martorell, hasta 100.000 comidas al día. Pepita fue, desde septiembre de 1938, directora general de Evacuación y Refugiados, nombrada por el gobierno de la República. Ayudaron también a cientos de profesores a partir hacia el exilio.
Antes del estallido de la guerra, las hermanas se habían afiliado al Partit Comunista de Catalunya, donde también militaba el que fuera marido de Elisa, el secretario general de la UGT catalana Antonio Sesé. "Lo mataron el día que iba a tomar posesión de su cargo de ministro", apuntala Olga. El matrimonio junto a la hermana mayor, Pepita, promovió la fundación del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC). Esta última, además, fue elegida secretaria general de la rama catalana del principal sindicato de trabajadores de la enseñanza, FETE-UGT, en agosto de 1936, y elevada a presidenta año y medio después, según consta en la documentación que Olga conserva de las hermanas.
Con una trayectoria a sus espaldas en defensa del progreso y la democracia -en 1934 impulsaron la asociación Mujeres Antifascistas Españolas-,  Elisa y Pepita Úriz no tenían sitio en la oscura dictadura que cercenó de raíz los avances republicanos. En febrero de 1939, dos meses antes de que los militares sublevados, con Franco a la cabeza, proclamaran su victoria en Burgos, las hermanas navarras abandonaron el país para no volver nunca más.
Lucha contra el fascismo en el maquis francés
Cruzaron la frontera por los Pirineos, y en el exilio en Francia volvieron a vivir de manera intensa otra guerra. Lucharon contra el nazismo al lado de la resistencia española en París, formando parte del núcleo dirigido por los hermanos Miret. Cuando este grupo fue desarticulado, en 1942, Josep Miret fue asesinado en el campo de concentración de Mauthausen. Elisa y Pepita lograron escapar. 
"A Elisa no le gustaba mucho hablar de sus 'batallitas', como ella decía. Cuando empecé a mirar con detenimiento sus documentos comencé a saber más de su vida. Vi que tenía hasta un carnet para portar armas, consecuencia de su pertenencia al primer grupo armado de la resistencia parisina", detalla Olga.
Tras años escasos de tranquilidad en París, el gobierno francés expulsó a los militantes comunistas en el marco de la denominada 'Operación Bolero', en 1950. Las hermanas navarras recibieron su expulsión en abril de 1951. La Guerra Fría las obligaba a vivir en su lado ideológico del mundo, y cruzaron el Telón de Acero para instalar su residencia en Berlín Oriental. Pepita murió y fue enterrada en esta ciudad. La hermana menor continuó su actividad intelectual, más sosegada en los últimos años, según recuerda Olga, estudiante de Medicina en aquel tiempo. "Era una mujer muy generosa y solidaria; mi padre era ciego y ella bajaba todos los días a leerle los periódicos. También le interesaba mucho la actualidad política, leía prensa de diferentes países a diario".
En defensa de las mujeres presas en cárceles de Franco
Elisa Úriz, en el marco de la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM), donde llegó a la secretaría general, propuso que cada 1 de junio se celebrara en todo el mundo una jornada para la infancia equiparable al 8 de marzo para la mujer. Tras años de trabajo, Naciones Unidas proclamó el Día Mundial del Niño, cita que muchos países siguen recordando. “Después, costó mucho que se mantuviera porque dentro de la Federación había mujeres de muchas orientaciones políticas que apoyaban que cada país tuviera su propio día de la infancia”, aclara Olga, cuya madre, Isabel Domínguez, sustituyó a Elisa como representante española en la FDIM. 
Con esta organización, la menor de las Úriz denunció las condiciones en que vivían las presas en las cárceles de Franco, y logró en 1948 que una comisión de juristas visitara las prisiones madrileñas de Las Ventas y Yeserías. Elisa formó además parte de la Unión de Mujeres Españolas, organización integrada por grupos que actuaban en la clandestinidad durante la dictadura, y participó en el consejo de redacción de la revista Mujeres Antifascistas Españolas con Dolores Ibárruri, Victoria Kent y Teresa León, entre otras. "Este movimiento estaba originado por las mujeres de los presos, las que lucharon por las libertades de sus compañeros y por la libertad en general", concreta Olga.
35 años después del fallecimiento de Elisa, el Valle de Egües (18.000 habitantes),  ha reconocido la figura de estas dos mujeres, desconocidas en su país, que con su trabajo allanaron el camino por el que se han ido conquistando los derechos sociales de las mujeres en muchos países del mundo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

José Hiraldo: «La CNT no puede funcionar si no está el pueblo con ella»

A punto de cumplir 98 años, José Hiraldo mantiene intacto el recuerdo de cuando un día la CNT fue protagonista en la historia de España.
Natural de la localidad malagueña de Montejaque, siendo prácticamente un niño le tocó dejar la escuela para trabajar de sol a sol en los cortijos de Jerez en «largas y mal pagadas jornadas», según cuenta la Enciclopedia Histórica del Anarquismo Español de Miguel Íñiguez.

Al igual que su hermano y su padre, las ideas anarquistas calarían pronto en él. De esa época de crío, José recuerda la amistad que le unía a su padre con el conocido maestro anarquista José Sánchez Rosa. «Él trató bien con mi padre porque Montejaque y Grazalema son pueblos vecinos. Allí llegaban los mejores oradores como Pedro López Calle, que con 17 años estuvo deportado cuando mandaba Dato. Recuerdo que cuando se alzaron los fascistas en el 36, él no se escondió porque tenía las manos limpias pero le cogieron y lo fusilaron en agosto a sus 72 años. Quedó en nuestra mente y corazón de todos los que aprendimos de él muchas cosas buenas».
República, guerra y revolución
Afiliado a la CNT en el año 1922, teniendo tan sólo 14 o 15 años, por aquellas fechas y también con la llegada de la República, su vida transcurriría en aquellos cortijos. Con el nuevo régimen, José recuerda aspectos positivos y negativos de aquella etapa. Entre lo positivo, el aumento del jornal y unas condiciones más idóneas para expresar la propaganda anarquista. Entre lo negativo, sin duda, la matanza de Casas Viejas. «Aquello fue una matanza criminal porque el anarquista Seisdedos se encerró en su choza y allí resistió hasta morir junto a su familia, salvo un hijo y una hija que pudieron escapar. La Guardia de Asalto, cuando ya no podía vencerlos, quemaron la choza con ellos dentro».
De aquella época recuerda los grandes debates sobre la ocupación de tierras y la reforma agraria. «Había algún cortijo que la practicaba a su manera pero la CNT no estaba de acuerdo porque el patrón elegía a la ocupación del cortijo». Preguntado sobre la situación actual, José observa cómo los campesinos han tenido que buscarse otro medio de vida ante la imposición de la maquinaría en todos los aspectos del campo. También lamenta que hoy no haya una organización potente como lo fue la CNT por aquel entonces que hacía imponer su fuerza en los cortijos. «Se llegó a hacer una huelga en 1936, poco antes de la revolución, y la ganamos porque hasta las criadas se habían organizado en Jerez de la Frontera. En la guerra las más destacadas serían fusiladas».
Y en estas llegó la guerra, «algo que se veía venir pues ya en el Congreso de Zaragoza se acordó prepararse ante tal circunstancia». Ante las tempranas ocupaciones de Sevilla y Cádiz por parte de los fascistas, José recuerda la resistencia llevada a cabo en Morón de la Frontera, con destacados militantes como Antonio Rosado. En su memoria también permanecen las aspiraciones revolucionarias en aquellas fechas tan convulsas con su hermano Francisco participando en el Comité Revolucionario de Arcos de la Frontera, «mi hermano tenía facilidad de palabra y cuando hablaba todos los trabajadores se ponían de pie. Algunas asambleas de la CNT se tenían que celebrar en el estadio de fútbol porque no había local que acogiera tal cantidad de trabajadores» y en Montejaque se instauró el comunismo libertario; «vimos con mucha sorpresa que se practicaba el comunismo libertario, entonces la utopía de los anarquistas pasó a ser una realidad. No se mató a nadie aunque había motivos para matar a muchos, pero cuando un enemigo se rinde pues ya deja de ser enemigo». «Allí se organizaba el trabajo en el campo por grupos y voluntarios. En la era, cada cuadrilla de trabajadores llevaba un delegado directo del comité, pues ya no había alcalde, era el comité, y en la plaza pública se celebraba la asamblea por la noche y cada delegado de cuadrilla daba las explicaciones de lo que se había hecho, las tareas y demás».
Clandestinidad y exilio
Tras el avance fascista, no quedó más remedio que abandonar por la sierra hasta Ronda, «allí se formó una columna grande, fuerte y capaz como era la de Pedro López». «Al llegar a San Pedro de Alcántara, donde estaba el cuartel general, me incorporé al batallón Faro, que era de las Juventudes Libertarias. Fuimos perdiendo posiciones hasta llegar a Cartagena. Allí cogimos el tren hacia Valencia, dando la casualidad de que me encontré con un amigo de la infancia enrolado en la columna Torres Benedito. Ubicado en el convento de Santa Clara».
Muy reticentes a la entrada de la CNT en el Gobierno y a la militarización de las columnas, es cuando los mandos les pusieron el nombre de “incontrolables”, actuando casi de forma clandestina. José opina que esa jerarquización impuesta con la militarización les perjudicó mucho, «pues la autoridad es mala por sí misma y si hubiéramos ganado la guerra hubiera habido muchas contradicciones entre nosotros mismos».
Perdida la guerra, mientras que su hermano cumpliría condena en El Puerto de Santa María, él sufre la cárcel, los campos de concentración y los batallones de trabajadores hasta que en 1943 es liberado, pasando a militar en el grupo Sur de la CNT clandestina hasta que en 1948 se exilia en Francia. Allí participaría activamente en la vida orgánica del sindicato ocupando diversas secretarias en los sindicatos de La Rochelle, Oullins o Marsella.
De esa época recuerda amargamente los enfrentamientos internos «porque los que habían sido altos cargos ya no querían quitarse los galones aunque quedaron en minoría junto a los escisionistas. Ellos tenían las publicaciones España Libre, y nosotros CNT, Solidaridad Obrera y Ruta. Ruta fue el mejor periódico del exilio libertario».
Precisamente durante su estancia en Marsella le sorprendieron los hechos de Mayo del 68 (siendo el secretario general de Provenza), aunque no guarda un gran recuerdo: «Los franceses no tenían ni organización ni preparación, ni sabían lo que querían. Resultó ser un movimiento espontáneo que conmovió al mundo entero, pero sin organización no se hace nada».
A caballo entre Francia y España, sería testigo de la transición, de cómo Carrillo desde el exilio ya se carteaba con el rey, y como Franco dejó todo «atado y bien atado». El paso de los años ha fortalecido esa transición pactada, esa falsa paz social que provoca que «no haya conciencia social en el pueblo español. Somos víctimas de que el pueblo no quiera moverse. Motivos les dan todos los días. ¿Qué hacen los seis millones de parados? Cada uno busca la solución a su problema, no al problema del pueblo».
Y José Hiraldo no deja de lamentarse de cómo esa situación también repercute en la propia CNT. «Cualquier sindicato de pueblo tenía más afiliados, más entusiasmo, más esperanzas, más deseo de aprender que ahora. Aquella situación era dura, las cárceles siempre estaban llenas. La CNT no puede funcionar si no está el pueblo con ella, aunque se va manteniendo con buena voluntad».
Sin duda en esa CNT débil también fue responsable la escisión que daría lugar a la CGT; «ellos pueden tener más militantes, pero vale más la calidad que la cantidad. Tienen facilidades para conseguir locales, están vendidos porque al Estado le interesa que la CNT esté dividida».