Una respuesta de Orwell y Huxley.
miércoles, 28 de febrero de 2018
martes, 27 de febrero de 2018
Así murió «Pancho Villa»
Abundan los rasgos heroicos,
los episodios admirables en el avance audaz de las columnas valencianas por
entre las serranías turolenses. Pero no es esta la hora propicia para narrar el
hecho aislado, la valentía individual de quien sabe morir en lucha por la
libertad. Todas las columnas han tenido ya combates duros, acciones empeñadas
en las que poner a prueba el ímpetu y el fervor de quienes las integran. Sin
querer, saltan a los puntos de la pluma algunas hazañas. La de un grupo —cinco
en total— que tripulando un automóvil se plantó en las puertas mismas de
Teruel. La de Santiago Troncho ni entrando solo, pistola ametralladora en mano,
en el pueblo de Corbalán, defendido por un centenar de fascistas. La de los
carros blindados lanzándose valientemente de cara al enemigo, lejos de las
avanzadillas. La de «Pancho Villa».
Acaso esta merezca mención
especial. «Pancho Villa» era un obrero anarquista del puerto de Sagunto.
«Pancho Villa»—Rafael se llamaba en realidad— figuraba como uno de los líderes
de la columna de Hierro. «Pancho Villa» decidido, heroico, con un desprecio
absoluto por la vida, figuró en vanguardia en los asaltos de Manzaneda, de
Carrión, de la Puebla de Valverde. Y «Pancho Villa» figuraba en cabeza cuando
se emprendió la lucha en los alrededores del Puerto Escandón.
El puerto tiene una importancia
excepcional. Dominándolo se tiene Teruel en las manos, sin defensa posible. Los
fascistas se hicieron fuertes en él, se atrincheraron sólidamente. El combate
fue duro y difícil. Hubo un instante en que los nuestros, dominados por el
fuego de las ametralladoras traidoras, vacilaron. Algunos incluso iniciaron la
retirada. «Pancho Villa» se decidió. De un salto estuvo sobre el parapeto,
pistola en mano, con un solo grito en la garganta:
—¡Vamos a por ellos,
compañeros! ¡Adelante!
Echó a correr. Las balas
dibujaban su silueta. No se agachaba para hurtar el cuerpo
al mordisco
hiriente del plomo. Los demás, arrastrados por él, conducidos por él, lo
olvidaron todo para lanzarse al asalto. A los pocos segundos la trinchera
enemiga era nuestra. Los fascistas caían a montones bajo el fuego de nuestras
ametralladoras. Pero allá en el camino, cara al ciclo, con una sonrisa de
triunfo en los labios, quedaba tendido «Pancho Villa». Fue un héroe anónimo. Ni
siquiera sabemos su nombre completo. Tan solo que era un obrero anarquista que
supo, en lo más duro de la pelea, caer como un hombre auténtico…
Extracto del
libro “La tragedia de casas viejas, 1933 quinces relatos de la guerra
civil 1936 Eduardo de Guzmán
martes, 20 de febrero de 2018
lunes, 19 de febrero de 2018
Los anarquistas españoles: los años heroicos 1868-1936


«Pocas imágenes de una
sociedad libre han sido tan groseramente tergiversadas como las del anarquismo»
-dice Bookchin en el primer capítulo de este ensayo en el que pretende dar a
conocer de forma amena la filosofía y la historia ácratas a un público americano
que no conoce la idiosincrasia española. El autor explica y aclara las razones
de la difusión y aceptación de la Idea entre el proletariado español con la
llegada de Fanelli, el italiano amigo de Bakunin, en 1868 a la Península. Lejos
de las férreas doctrinas marxistas claramente definidas como ideología para el
cambio social, el anarquismo es un movimiento opuesto a toda jerarquía,
injusticia u opresión, difícil de delimitar dentro de un credo determinado, y
como tal, de alguna manera, se puede apreciar a lo largo de la historia humana.
Unos y otros estudiosos
de este período resaltan la labor que los anarquistas realizaron. No pretendían
solo una mejora económica o una simple reducción de las horas de trabajo (en
una época de agotadoras jornadas laborales), sino que aspiraban a disfrutar del
tiempo libre necesario que les permitiera cultivarse y conocer la realidad en
toda su complejidad. El placer de conversar y discutir llenaba unas vidas
anhelantes de sabiduría. El apoyo mutuo, el respeto, la solidaridad y la
hospitalidad eran las virtudes más apreciadas. Su revolución era personal y
comunitaria y su amor por la lectura, una de las prácticas más queridas.
Fundaron escuelas para que sus hijos pudieran aprender a leer y escribir sin
tener que asistir a centros religiosos, que entonces monopolizaban la educación
y transmitían a los alumnos los prejuicios sociales de la época (un
oscurantismo ancestral que impedía conocer la realidad contemporánea) y no los
avances científicos y técnicos que se desarrollaban entonces. Luchaban contra
la prostitución, el alcohol y el tabaco. En la alimentación, algunos proponían
el vegetarianismo como una forma de vida más saludable. También practicaban los
baños de sol o el desnudismo en el campo y las playas. Aprendían Esperanto para
que ninguna lengua fuera una barrera que impidiera comunicarse a unos hombres
con otros, rompiendo las fronteras entre naciones, en las que no creían.
Los grupos anarquistas
supieron llegar a los trabajadores e imprimir a la sociedad de su tiempo una
dinámica de lucha contra las injusticias y la opresión del Estado. Año tras
año, década tras década de la difusión de la cultura y las prácticas
libertarias, llegaron a poner en jaque al Estado español y países vecinos como
Francia e Inglaterra se asustaron del ejemplo.
Inevitablemente y de
forma acertada, Bookchin no elude el análisis del uso que hicieron de la
violencia en determinadas circunstancias grupos o personas que de forma muy
puntual y minoritaria recurrieron a ella en alguna época. Una anécdota sin
mayor trascendencia dentro de la inmensa labor cultural, social y educativa del
anarquismo si no fuera por la insistencia del Poder en no olvidar ningún
atentado anarquista. Y no todos los atentados que se le atribuyen a grupos
ácratas fueron realizados por los libertarios. Hubo algunos provocados por la
patronal o la policía, que realizaban un acto terrorista para poder
justificarse ante la opinión pública de la feroz represión que ejercían sobre
el movimiento obrero organizado. Los anarquistas aprendieron de estos montajes
y siguieron con su dinámica de filosofía libertaria que les caracterizaba. La
violencia podía ser usada para defenderse, pero la Revolución social no se
hacía a través de actos heroicos o suicidas, ni se alcanzaba en unos días o
semanas. Los grupos anarquistas sabían cuán contraproducentes eran los
atentados. El Estado los justificaba para poder iniciar una represión desmedida
y los trabajadores que se sentían atraídos por las ideas se alejaban de las
organizaciones anarquistas por precaución. Este fenómeno fue similar en otros
países. Emma Goldman explica muy bien la experiencia del movimiento anarquista
en Estados Unidos en su autobiografía Viviendo mi vida. La sociedad anarquista
llegaría a través de la conciencia, el apoyo mutuo, el conocimiento, el
ejemplo... Una sociedad no se impone por la violencia, al menos la anarquista,
sino a través de una filosofía libertaria que impregne a todos los miembros que
la componen y que decidan formar y ser parte de ella.
El Poder, temeroso de su
debilidad (sin la fuerza y la imposición no sería nada), nunca toleró el
anarquismo. A principios de siglo xx, Francisco Ferrer y Guardia funda la
Escuela Moderna. En poco tiempo la idea se fue extendiendo y se crean numerosos
centros con la misma pedagogía: coeducación (niños y niñas en un mismo aula),
supresión de exámenes, eliminación de castigos y malos tratos a los alumnos,
planes de estudios basados en las ciencias naturales, racionalismo moral y sin
dogmas religiosos... La labor anarquista iba encaminada a tratar de erradicar
el analfabetismo, que en la época alcanzaba el 70% de la población española. La
Iglesia, temerosa de la experiencia, comienza una campaña junto al Estado que
culminará en la ejecución de su fundador acusado de promover la Semana Trágica
de Barcelona.
Opuestos a la guerra,
los anarquistas alentaban a la deserción de los ejércitos. Cuando la Guerra de
Marruecos, se hizo una campaña de protesta para que los jóvenes no fueran a
morir por una causa ajena a ellos. El interés en el dominio de Marruecos
radicaba en los poderosos. Consecuencia de la campaña contra la guerra, estalló
en Barcelona la Semana Trágica y la represión fue feroz. Hoy se sabe que la
Monarquía española puso mucho empeño en esta guerra y que envió a miles de trabajadores
a morir al norte de África, pero también sabemos de la hipocresía de los
gobernantes. El Estado español, a la vez que mantenía la guerra, vendía armas
al enemigo con el fin de enriquecerse.
Ante cualquier postura
crítica (educación libertaria, anarcosindicalismo, antimilitarismo...) desde la
que se cuestiones al Estado, como se puede ver a lo largo de las páginas de
este libro, el Poder responde con suma violencia.
Desde el sindicalismo,
donde la corriente anarquista trató de influir en el mundo laboral contra las
desigualdades sociales, las organizaciones libertarias sufrieron la represión
del Estado que se oponía a cambiar unas pésimas condiciones de trabajo y
salario que eran mantenidas por la patronal.
A los orígenes de la CNT
y a la influencia del anarquismo en el movimiento obrero a través del
sindicalismo le dedica el autor un capítulo del libro. Bookchin explica el
funcionamiento de abajo a arriba de la Organización y resalta que el local
sindical no era un centro de burócratas. Son los propios trabajadores los que
realizan en su tiempo libre y sin ninguna remuneración ni profesionalización
las tareas, y resuelven los asuntos no solo laborales que sufren, sino que
además realizan actividades culturales. CNT no era solo un sindicato, era una
organización fuertemente comprometida con la realidad social, y su apoyo a los
presos era constante y generosa. Su actitud radical viene desde los orígenes.
Pocos días después de ser fundada la CNT, el sindicato declara la huelga
general. Su vida oficial duró poco; justo acababa de nacer y pasó a la
clandestinidad, una constante a lo largo de su historia.
A partir de los años
veinte, la división de las dos tendencias y de los distintos cambios y
estrategias sindicales en el seno de la Organización son más pronunciadas. Por
un lado los partidarios de la insurrección y de la revolución para transformar
la sociedad; por otro, los que proponían que había que adaptarse a las
circunstancias, ganándose a las masas de trabajadores, cultivarse y estar
preparados para el cambio, dejando previamente de ser una minoría. Estas luchas
internas y los enfrentamientos entre las dos tendencias, por un lado los
sindicalistas (con la firma del Manifiesto de los Treinta) y por otros los
radicales de la FAI, crearon gran tensión en el seno del movimiento. El llamado
sector moderado de la CNT veía las actividades de la FAI como algaradas y
reacciones inmaduras pues consideraban que la mayoría de los trabajadores y de
la sociedad española no estaban preparados para hacer la revolución, que lo que
podían conseguir por esa vía era «un fascismo republicano». Por su parte, la
FAI acusaba a los llamados moderados de traidores y renegados. Alianzas,
acuerdos y desacuerdos, en la misma CNT, FAI o con otras tendencias o
ideologías, como la socialista, tuvieron que ser abordados porque la situación
los imponía: la posible llegada del fascismo al Poder. El Partido Comunista, un
grupúsculo casi inexistente en España en los inicios de la II República, bajo
la llamada a la unidad y con un gran y decidido apoyo de Rusia, supo sacar buen
provecho de ello. Con su lema «todos unidos contra el fascismo», los comunistas
fueron adueñándose de los cargos de los partidos de izquierda. Una vez
consolidada su fuerza, tuvo nefastos resultados para los anarquistas y los
miembros del POUM durante la Guerra Civil
No son años heroicos,
como dice el subtítulo del libro, pero sí son unas décadas durante las cuales
el anarquismo tuvo una gran influencia y realizó una encomiable labor social,
sindical y cultural que ningún otro grupo supo realizar de forma tan profunda y
radical.
Cierra el libro con una
reflexión sobre qué hubiera podido ocurrir si se hubiera aplastado el golpe
militar de Franco. Surgen muchas interrogantes, ¿hubiera podido sobrevivir en
España una sociedad autogestionada y anarquista en un mundo que se tenían
repartido el capitalismo y el comunismo autoritario?
Debemos felicitar a la
recién creada editorial Numa su apuesta por la publicación de un libro
anarquista (no acertadamente encuadrado en la colección Viva la República), al
que le ha dedicado el esfuerzo de realizar una nueva traducción, distinta de la
que Grijalbo hiciera para la primera edición en castellano, que salió en 1980 y
hoy se encuentra agotada. Quizás por el gran trabajo que supone traducir,
hubiera sido mejor dedicarlo a dar a conocer a los hispanohablantes otras obras
de Bookchin que aún no han sido traducidas al español y que son de un gran
interés, aunque son ensayos no tan amenos como este que ahora presentamos, y su
lectura requiere de más paciencia y dedicación.
Amador
martes, 6 de febrero de 2018
El CRIMEN DE LA CARRETERA MÁLAGA - ALMERÍA
El
domingo 7 de febrero de 1937, las fuerzas republicanas dan la orden de evacuar
la ciudad de Málaga. Oficialmente las tropas fascistas no entraran hasta el día
8.
Los
días 6, 7 y 8 de febrero miles de personas huyeron de la ciudad antes la
inminente llegada de las tropas franquistas. Muchos esperaron hasta el día
siguiente para partir, pensando que la resistencia aún era posible.
Finalmente
cerca de 200.000 personas huyeron por miedo a la ofensiva lanzada por el
general Queipo de Llano. Los malagueños
provenientes de diferentes puntos de la provincia comenzaron así su terrible
odisea de hambre, terror, desaparecidos, muertes...
La
“carretera de la muerte” fue testigo de la crueldad infinita del, mal llamado,
ejercito nacional. Algunos huían en sus coches, otros en tren, pero por la
escasez de gasolina, muchos huyeron a pie,
cargando con comida, ropas y demás utensilios, utensilios de los que
después se tendrían que desprender por
el camino para intentar sobrevivir.
A
la vez que intentaban la huida en terribles condiciones, eran bombardeados por tierra,
mar, y aire, eran masacrados de forma indiscriminada hombres, mujeres y niños, esos niños que
perdieron su infancia en esa “carretera
de la muerte”.
La
carretera estaba formada por una alfombra humana de varios kilómetros, alfombra
que se iba mermando a medida que tropas, aviones o barcos bombardeaban y
asediaban a las miles de personas que trataban de huir de la muerte, todo ello,
bajo la mirada pasiva de la Comunidad Internacional y su política de no
intervención, que permitió esa masacre. La cifras de las personas que pudieron
perder la vida en esta carretera esta en torno a 5.000 aunque
nunca sabremos la cifra exacta.
Día
tras día iban perdiendo la vida cientos de personas, otras quedaban mal
heridas, sin socorro alguno, aliviados solo por personas como Norman Bethume y
su unidad móvil de transfusión de sangre que salvaron muchas vidas. Ya que la
gente al verlos pasar les cerraban las puertas por miedo a quedarse sin nada y
a las posibles represalias.
Es
tal la crueldad de las “tropas nacionales”
que por primera vez se ensaya lo que se conoce como carrusel, una
técnica de bombardeo aéreo, en la que 9 aviones bombardean uno tras otro el
mismo punto, y así sucesivamente para desmembrar la huida y aniquilar todo lo que se ponga en su
camino.
Una vez la caravana humana llega a Motril, se ve
asaltada por las tropas franquistas, y mientras la mitad de ella sigue por la
carretera de la costa hacía Almería, la otra mitad deshace el camino ya andado,
volviendo a Málaga para ser, sin saberlo, vilmente asesinados.
Finalmente
los que alcanzaron su destino, lo hicieron dejando atrás compañeros y
familiares en el camino, entre muertos, extraviados, y desaparecidos.
La
gente que sufrió y vivió ese drama no solamente de agonizar, de morirse de
hambre, de ver sus padres e hijos morir, a los que quedaban ensangrentados en
la carretera y a la gente sin enterrar, después de ese dolor, solo recibieron
la ofensa del silencio, la ofensa de un silencio que se mantiene así durante
mucho tiempo.
“Los pueblos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo”.
Dibujo
de Juan Kalvellido
jueves, 1 de febrero de 2018
Pablo Hasel se enfrenta a cinco años de cárcel por criticar a la monarquía
El rapero, condenado en 2014 a
dos años de prisión, tiene también dos causas más pendientes que pueden
llevarle hasta 12 años a prisión.
“Soy un rapero
al que el Estado español puede condenar hasta a 12 años de prisión por hacer
canciones y escribir en Twitter”, explica Pablo Hasel en un vídeo realizado pero la plataforma creada en su
apoyo desde que, en 2015, el rapero comenzara sus visitas alos juzgados
El próximo 1 de febrero, Hasel
volverá a ser juzgado en la Audiencia Nacional, esta vez por cantar canciones
críticas con la monarquía, por mensajes en redes sociales de denuncia de
brutalidad policial y por otro en el que denuncia la muerte de Isabel Aparicio,
militante de Grapo que falleció en abril de 2014 en la prisión de Zuera, según
denuncian desde colectivos como Socorro Rojo, a causa de la ausencia de
atención médica que recibió. La Fiscalía pide, en este juicio, hasta cinco años
de cárcel.
La canción, titulada Juan Carlos El Bobón, comienza con
el extracto de una entrevista realizada por una televisión francesa al rey Juan
Carlos, en 1969, en la que este elogia a Franco. La letra de la canción, entre
otras críticas a la Casa Real, apunta la criminalización de la crítica a esta
institución.
Los tuits por los que también se
acusa a Hasel, este hace referencia a los supuestos “negocios mafiosos” entre
la Casa Real y Arabia Saudí.
Pablo Hasel ya
fue condenado en 2014 a dos años de
prisión por el contenido de sus canciones, pero la Audiencia Nacional acordó la
suspensión de pena.
El rapero también tiene dos
causas más pendientes, con las que las penas de cárcel a las que se enfrenta
podrían sumar hasta los 12 años. Según explica el el vídeo publicado por la
plataforma, una de estas causas es “por despreciar a un jugador de fútbol
nazi”, en referencia al futbolista Roman Zozulya.
“Aquí somos los antifascistas
quienes somos acusados de delitos de odio contra el fascismo, y no a la
inversa”, lamenta Hasel en el vídeo.
La otra causa es, según explica,
por denunciar que la policía local de Lleida utilizó un falso testigo para
encubrir en un juicio una brutal paliza a un compañero que estaba enganchando
carteles sobre el derecho a la autodeterminación
Video del comunicado: https://www.youtube.com/watch?v=yMlIFTBRdaw
viernes, 26 de enero de 2018
Organizaciones obreras anarquistas española siglo XIX
La Federación
Regional Española de la AIT (FRE-AIT)
Fue la sección española de
la Asociación Internacional de
Trabajadores o Primera Internacional. Se fundó en el Congreso Obrero de Barcelona de 1870, durante el Sexenio Democrático, y desde el principio
asumió los principios bakuninistas por lo que cuando
Bakunin fue expulsado de la Internacional en el Congreso de La Haya de 1872, se integró en la Internacional anarquista. Desde enero de 1874 tuvo
que actuar en la clandestinidad, al ser prohibida tras el triunfo del golpe de Pavía que
puso fin a la República Federal, y durante ese tiempo experimentó un proceso de
radicalización hasta su disolución en 1881. Le sustituyó la Federación de Trabajadores de la Región Española fundada en el Congreso Obrero de Barcelona de 1881.
La Federación
de Trabajadores de la Región Española (FTRE)
Fue una
organización anarquista española fundada en el Congreso
Obrero de Barcelona de 1881 por la iniciativa de un grupo de anarcosindicalistas catalanes
encabezados Josep Llunas i Pujals, Rafael Farga Pellicer y Antoni Pellicer, tras la disolución de la Federación
Regional Española de la AIT fundada en el Congreso
Obrero de Barcelona de 1870. Sólo tuvo siete años de vida ya que se disolvió en 1888.
Su fracaso, en el que fue clave el episodio de La Mano Negra, abrió una nueva etapa en la historia
del anarquismo en España dominada por la
violencia de la propaganda por el hecho.
viernes, 19 de enero de 2018
La Pastora, el «maqui hermafrodita»
Teresa
o Florencio Pla Meseguer nació con una malformación en su aparato genital. Fue perseguido
por el franquismo, se hizo guerrillero con el apodo de «Durruti» y acabó en
prisión acusado de numerosos asesinatos que no cometió y presentado como una
«despiadada lesbiana»
Está
Durruti (el legendario anarquista, el ídolo de masas, el rostro del anarquismo
militante y heroico) y luego está ese otro Durruti, menos conocido pero con una
historia que ha sido intentada llevar a la literatura y el cine, y que sirve
para contar el rostro cruel y manipulador de una parte de nuestra historia más
o menos reciente. El caso de Teresa / Florencio Pla Meseguer (su aparato
genital no estaba del todo definido como hombre o mujer en lo que era un caso de
seudohermafroditismo bastante inusual), se convirtió
en una cantinela asustadiza para los niños y niñas del cole en la zona
de Maestrat y Els Ports, algo así como el otro cuento del lobo o del
hombre del saco. Si te portabas mal, vendría él / ella y te
castigaría. Los medios de información y autoridades franquistas
le atribuyeron toda clase de crímenes que no cometió, concentrando en su
anomalía todos los odios del fascismo, a medio camino entre la «loba
hambrienta de carne y sangre» y la «lesbiana depravada».
Finalmente, pasó diecisiete largos años de calvario en cárceles franquistas por
su peor crimen, que no fue otro que aceptar su anomalía y convertirse en una
maquis de renombre que respondía al nombre, entre otros, de Durruti, aunque sus
alias fueron variados, entre ellos La Pastora, como hoy se la conoce. Pero eso
fue luego, más tarde.
Así que podemos dejarlo así: Teresa Pla Meseguer, alias La
Pastora, Teresot, Florencio o Durruti, nació en Vallibona, Castellón, en medio
de la Primera Guerra Mundial y falleció en 2004. Sus padres, desconcertados y
avergonzados por su malformación, la inscribieron como niña, pero pronto se
descubrió su particularidad. Teresa / Florencio, físicamente, parecía más un
hombre que una mujer, y empezó a ser estigmatizada como un ser
monstruoso. Su infancia y adolescencia la pasó casi en
soledad. Sin embargo, un hecho marcó un antes y un después; en
1949, con el país sometido a una implacable dictadura, sufrió las burlas y
violencias de un teniente de la Guardia Civil de Castell de Cabres, donde
todavía se seguían cometiendo toda clase de tropelías, supuestamente debido a
la actitud de algunos vecinos que ayudaban a guerrilleros alzados. Tras la
quema de Mas del Cabanil, el futuro Durruti se echó al monte e integró
en el maquis de su zona, la Agrupación de Guerrilleros de Levante y Aragón, con
los que pasó casi dos años. Su frecuente pastoreo le hacía
conocedor de los atajos y caminos en medio de la escarpada geografía. De paso,
aprendió a leer y escribir en compañía de los guerrilleros, que lo trataron por
vez primera en su vida con respeto. «Yo estaba delante cuando La Pastora
se echó al monte. Yo tenía entonces unos quince años y estaba en casa de una
mujer. Esa mujer le cortó el pelo a Teresot, y luego se lo peinó para atrás
como lo llevan los chicos. Había ropa de hombre preparada para ella en la casa:
un pantalón, una camisa y una chaqueta, todo de hombre. Cuando ya tenía el pelo
cortado se metió en una habitación y se puso toda la ropa y cuando salió
era como si ya hubiera sido un hombre desde que nació. Nadie hubiera dicho que
era una mujer», se narra en Donde nadie te encuentre,
una novela sobre su vida escrita por Alicia Giménez Bartlett y que mereció el
premio Nadal.
Pero el tiempo pasó y los guerrilleros fueron cayendo uno
tras otro. Lo que iba a ser una dominación nacional temporal se hizo
eterna. La Pastora, como ya era conocida, se marchó a
Andorra. Nuevamente sola y aislada malvivió traficando con
tabaco y cuidando ganado, pero debido a su aspecto fue identificada por las
autoridades y en 1960, mientras los periódicos daban cuenta de la captura de
una «despiadada asesina de bajos instintos, la lesbiana pérfida»,
entró por vez primera en la cárcel.
Un informador la delató, una pequeña / gran traición que
contó para la revista Els Temps en 1988: «Llevaba cinco
años trabajando duro. Había ahorrado algún dinero y los guardé en casa de un
amigo, que un buen día desapareció con ellos. Como me había quedado sin nada,
le reclamé a otro contrabandista de nombre Cisco que me devolviera 12.000
pesetas que le había prestado en cierta ocasión. Pero este Cisco me denunció al
teniente de la policía de La Pobla de Segur. Me cogieron
cuando salía a pastorear con el rebaño. Y me entregaron a la Guardia Civil».
LA PASTORA Y SU FICHA POLICIAL DE
1960
La lista de crímenes que le
imputaban era interminable, entre otros veintinueve asesinatos, que incluían a
siete alcaldes de pueblos de la zona. Entró en una cárcel de mujeres,
pero previamente un informe médico lo calificó como hombre.
Muchos años después, fue indultado. Eran los años de la transición y su caso
fue, posiblemente, de los más singulares entre grupos armados, maquis y
guerrilleros antifranquistas amnistiados. En 1990, tras una agitada y
durísima vida, todo el país vio su rostro en televisión en lo que es su única
aparición. Allí, emocionado, contó porqué se hizo guerrillero, porqué fue el
«maqui hermafrodita»: «Al dueño que tenía yo [su patrón] lo mataron y le
arrancaron los testículos. La Guardia Civil… Y a otros le clavaron cañas por
debajo de las uñas, otros mancos… Yo, para quedarme así, prefería morir de un
tiro. Por eso me metí en las guerrillas».
domingo, 14 de enero de 2018
Anarquismos y Naturaleza
Tal día como hoy, recordamos a Murray Bookchin, que nació un
14 de enero de 1921 en Nueva York. Bookchin es uno de los grandes pensadores
libertarios contemporáneos. Su visión de la ecología social, que vincula
estrechamente el mundo social y político con la naturaleza, cuestionando las
relaciones jerárquicas al considerarlas como una grave amenaza para la dinámica
integración de la diversidad, merece ser tenida en cuenta ante los grandes
problemas que afronta la humanidad.
Estuvo vinculado desde muy joven a los movimientos sociales y sindicales; desde
un temprano marxismo, acabó en un socialismo libertario que hay que considerar
simplemente como un tipo de anarquismo. En los años 30 forma parte del
movimiento comunista, pero pronto le decepcionará su naturaleza autoritaria;
aunque era demasiado joven para participar en la Guerra Civil Española, se
involucró en las ayudas al bando republicano en su ciudad natal. Después de
haber pasado por el movimiento trotskista, ya a finales de la década de los 40
empieza a cuestionar la visión marxista del papel hegemónico del proletariado
en la revolución. Se acercará inevitablemente al anarquismo al igual que muchos
otro exiliados en Nueva York con los que colaboró. La originalidad de Bookchin
estriba en haber prestado atención al medio ambiente y vincularlo estrechamente
con lo político; sus aportaciones le convierten en uno de los autores más
importante de la llamada ecología social.
En 1962, publica «Our Synthetic Enviroment» donde realiza una fuerte denuncia
de la crisis ambiental; una visión crítica del fenómeno urbano aparece en su
obra de 1965 «Crisis in our Cities». En definitiva, Bookchin realiza una
crítica feroz sobre el capitalismo de su tiempo, y también sobre la izquierda
autoritaria. En su texto «Nosotros los verdes, nosotros los anarquistas»,
también de 1965, puede verse claramente su visión anarquista, ya que considera
que una sociedad libertaria es una premisa imprescindible para llevar a la
práctica los principios ecológicos. Por otra parte, su visión del urbanismo
triunfante, en el que se muestra a nivel territorial y social la jerarquización
y el control sobre las personas, le hará desarrollar su teoría del municipalismo
libertario, que se basa en formas horizontales de asamblearismo y democracia
directa. En otros escritos, Bookchin presentará también ideas muy originales
sobre el uso de las tecnologías, el poder y el pensamiento revolucionario en
general. Su obra ha sido traducida a multitud de idiomas siendo un autor de
gran influencia.
De 1982 es una de sus obras más importantes, «La ecología de la libertad», en
la que se vincula estrechamente la explotación del hombre sobre el hombre con
la que éste realiza sobre la naturaleza. De ello se deduce que la libertad y el
igualitarismo social no tienen una única dimensión y hay que abordarlos también
desde la perspectiva ecológica. Puede decirse que Bookchin recoge la línea
libertaria inaugurada con Kropotkin al observar que en la naturaleza predomina
la cooperación y las formas de comportamiento horizontal. Lo más interesante de
este autor es tal vez la vinculación de lo social y político con preocupaciones
medioambientales, así como con las relaciones jerarquizadas del poder, algo que
le aleja de otras visiones ecologistas que se dicen radicales y que se quedan
en aspectos más individualistas.
La ecología social de Bookchin renuncia a toda expoliación de los recursos
naturales y cuestiona el dogma de que el ser humano debe dominar la naturaleza.
Se demanda la comprensión del papel que debe tener la humanidad dentro del
mundo natural y, en concreto, el carácter, la forma y la estructura de las
relaciones del hombre con el resto de especies y con los substratos inorgánicos
del entorno biológico. No se realiza de esta manera una división entre la
humanidad y el mundo natural, ya que puede observarse que ello ha conducido a
un enorme desequilibrio.
El hombre ha evolucionado hasta desarrollar un
mundo social propio que interactúa de forma recíproca con la naturaleza
mediante fases transformadores muy complejas; desde este punto de vista, es tan
importante hablar de ecología social como de ecología natural. Cuando Bookchin
habla de una relación holística no se está refiriendo a la detestable
connotación mística que tantas veces se le da al término, sino a esa
interdependencia mutua entre una comunidad social y el mundo natural con el fin
de descubrir las formas y modelos de interrelación de aquella. Tampoco posee
este autor ninguna visión teleológica, de búsqueda una finalidad en la historia
de la humanidad, ya que afirma de veras la capacidad de la voluntad humana para
conducir el curso de los acontecimientos sociales. Su visión ecológica social
se basa en una dinámica unidad de las diversidades, para nada simple y
homogénea, sino compleja y variada; la integridad de un ecosistema, al igual
que la de la comunidad libertaria, no depende de la uniformidad, sino de la
diversidad.
El papel emancipador de la ecología social queda de manifiesto en su propuesta
desafiante ante toda jerarquía convencional. De nuevo podemos ver en Bookchin
la herencia libertaria cuando observa a cada especie como parte de una red en
interdependencia con el resto; se descubren aquí los estudios que revelan el
mutualismo simbiótico como uno de los grandes factores protectores de la
estabilidad ecológica y la evolución orgánica. Hay que hablar, en el mundo
natural y en el social, de una estabilidad dinámica basada en un todo integrado
que niega toda relación jerárquica. Es más, se considera que la jerarquización
es una amenaza para la existencia de la vida social y se denuncia igualmente
cuando agrede la integridad de la naturaleza orgánica. En el terreno político,
incluso el término democracia ha sido «desnaturalizado» hasta conseguir
desplazar su verdadera condición participativa y sustituirla por la
representativa; si en los orígenes, la democracia significaba el autogobierno
por parte del pueblo, con el tiempo acabó convertida en la elección de una
élite para que ejerza la función gubernamental. Estos planteamientos de
Bookchin, realizados décadas atrás, son de total actualidad; la crisis de todo
tipo invade la civilización y es necesario emplear la imaginación para seguir
prestando atención al pensamiento utópico y cuestionar los dogmas
convencionales.
Fuente: Capi Vidal, «Murray Bookchin y la ecología social» (2013), en Portal
Libertario Oaca.
miércoles, 10 de enero de 2018
martes, 2 de enero de 2018
EL REY MAGO ANARQUISTA DE LA GUERRA CIVIL
El donostiarra Clemente Famaraza Sandegui pidió a su comandante
de las Milicias Antifascistas Vascas que sus 40 duros de nómina fueran
destinados a asegurar juguetes en un hospicio a niños de Madrid el día de
Reyes.
HAY nombres y apellidos que son ejemplo humano, pero que no
los conoce ni el omnipresente dios sabelotodo Google. Desde hoy sabremos que el
donostiarra nómada Clemente Famaraza Sandegui posibilitó en plena Guerra Civil
una noche de magos sin reyes, en los que como anarquista no creía: ni en los
cristianos portadores de oro, incienso y mirra ni en los soberanos de
monarquías o reinos.
Su historia casi de fábula continuaría anónima entre los legajos
a conservar con trato cariñoso de guantes y mascarillas si no fuera por Ritxi
Zárate, investigador de la asociación Burdin Hesia Ugaon. El analista de
Miraballes a modo de regalo de fin de año ha hecho llegar al
serial Historias de los vascos una entrevista que la
publicación Mundo Gráfico dedicó al ácrata Famaraza, miembro de las
Milicias Antifascistas Vascas que operaron en Madrid.
Su biografía despacha kilos de ternura, empatía ideológica, y
dispara directa a las conciencias de quienes un día dieron un golpe de Estado,
un par de hostias mal dadas a la siempre legítima Segunda República. Hizo falta
que Mundo Gráfico desvelara la identidad de un guipuzcoano que fue
hospiciano, vendedor de periódicos más tarde y combatiente por las libertades a
más de 450 kilómetros de su inclusa.
Hizo falta, tal vez, vivir lo que sintió siendo niño para acabar
donando el dinero de sus nóminas navideñas para asegurarse de que el 5 de enero
de 1937 algunos menores irían a la cama, acomodando sus cabezas sobre una
almohada que soñaba con un mágico despertar al día siguiente.
Mario Arnold fue quien acuñó la entrevista a aquel hombre de
corazón más grande que cuerpo. Aquel era el seudónimo de José García, un poeta
leonés, periodista y escritor considerado uno de los “grandes bohemios” del
grupo cultural de Mario Buscarini. Era hijo de un suicida que se quitó la vida
tras un “intento desastroso” -dice la historia- de emigrar hacia Argentina.
Aquellas dos personas -el miliciano caritativo y el
entrevistador bohemio- con entrañas de pasado doloroso se conocieron en las
trincheras. El cronista alargaba en su trabajo la sombra de aquel antifascista
del que se hablaba en el momento.
El periodista contextualizaba en su artículo el duro momento que
pasaban, que olían, que se llegaba a hacer casi tacto en aquellas jornadas de
muerte y, si acaso, vida. “Los niños españoles tienen vacíos de alegría y de
calor sus hogares, que la guerra está destruyendo. Hay que hacerles olvidar ese
fantasma de las trágicas horas actuales”, señalaba con su tinta a un hombre
afiliado a la CNT. “Clemente Famaraza Sandegui sabía esto -como lo sabemos
todos los hijos del pueblo- y era su mayor deseo contribuir con algo a esas
horas de ventura y de olvido que necesitan nuestros pequeñuelos. Él tampoco
tuvo en su niñez días amables. No conoció los privilegios de que gozaban otros
niños, y fue creciendo rodeado de tristezas, entre dolor y sombras”.
Mario Arnold antepuso su deseo de conocerle a poder acabar
chocando con una bala perdida. Y lo argumentaba: “Hace unos días, Famaraza se
presentó al comandante Lizarraga, de las Milicias Vascas, con estas palabras:
Tengo ahorrados cuarenta duros y quiero que compre usted juguetes para los
hijos de nuestros milicianos. A continuación, busqué a Clemente en la
trinchera. Me interesaba oír de sus labios el motivo principal que le impulsó a
desprenderse de las doscientas pesetas”.
Y ahí arranca un diálogo en el que el anarquista entra al barro
en la zanja mientras el bando leal a los golpistas está escupiendo muerte.
-“¿Eres vasco?”, le dije.
-“De San Sebastián. A los pocos meses de nacer me llevaron al
Hospicio de San Bartolomé, hasta que una familia muy conocida (los Cadenas)
tuvo a bien adoptarme. Con ella cumplí los veinticuatro años, y les abandoné
para ir al servicio militar. Les debo mi gratitud eterna”.
Y tras esa presentación, el lector descubre hoy 80 años después
que aquel licenciado en África, vivió de vender periódicos y que fue corredor
pedestre con laureado palmarés. En el plano ideológico, anarquista “perseguido
en el Octubre” -enfatizaba- y encarcelado. Puesto en libertad, buscó refugio en
Barcelona “para que no volvieran a detenerme”. En barco, llegó al continente
americano en el que recorrió “muchos países”.
Regresó a Europa. Ingresó en Transportes Marítimos de la CNT,
como miliciano, y con el batallón se presentó en Mallorca donde tomó Porto
Cristo el histórico 16 de agosto de 1936, lo que fue “la mayor alegría de mi
vida al entrar con dos compañeros”. De regreso a la Ciudad Condal, tras
pertenecer a la columna Casanellas, le destinaron a Madrid. “¡Aquí estaban los
vascos! ¿Qué iba a hacer si no pelear con mis paisanos, corriendo su misma
suerte?”, recuerda.
La entrevista se interrumpe de forma repentina. “Callamos. La
lucha en el sector adquiere caracteres impresionantes. Los proyectiles pasan
cerca de nosotros, dejando en el aire un silbido trágico”.
-“¿Oyes?”, le digo, después de un silencio azaroso, tras del que
volvemos a miramos.
-“Bien cerca pasó...”. Pasamos a un edificio casi destruido,
donde poder charlar y escribir más cómodamente.
El interrogatorio de Arnold a Famaraza prosigue atacando la
razón del buscado encuentro. El narrador es directo: “¿Por qué has dado tanto
dinero para comprar juguetes a los niños?”. El revolucionario libera sus
emociones: “Yo nunca supe de estas pequeñas alegrías. En el Hospicio, primero,
y en casa de los que me adoptaron, después, la vida fue dura conmigo”, se
arranca, y merece leerle íntegro: “Muchas veces, en la calle, recuerdo que me
quedaba embobado ante los escaparates de juguetería y caminaba detrás de un
niño cualquiera que tuviese en sus manos lo que a mí nunca me dieron...”.
Y ahí le admite al leonés un recuerdo que no se le borraba de su
memoria. Que cerca de su casa vivían dos chiquillos a quienes el Día de Reyes
les regalaron un tren maravilloso, que andaba solo por sus raíles y lo montaban
todas las tardes junto a su puerta. “Lo hacían para darme envidia. Aquello, tan
trivial, al parecer, me hizo sentir y pensar”.
El periodista busca un contraataque emotivo al espetarle que
“esos 40 duros podían haberte ayudado mucho”.
-“¡Bah! Una sonrisa infantil vale medio mundo. Deja que los
niños rían. Ellos son los hombres de mañana, y deben crecer lejos de toda
amargura, para que tengan un porvenir dichoso, sin recuerdos oscuros, como los
míos... ¿Doscientas pesetas? Bien. ¿No vale muchísimo más cualquiera de sus
sonrisas? Una fortuna que yo tuviera sería para ellos”.
La entrevista navega a partir de entonces por nuevos mares al
querer saber qué sería el Mago Anarquista al concluir la guerra. El donostiarra
le respondió que marino porque le gustaba conocer países. Con la utopía por
bandera, le continuó respondiendo que quienes luchaban “por devolver trabajo,
alegría y pan a todos los hogares pobres, pasaremos de pueblo en pueblo y de
ciudad en ciudad con una canción feliz que nos enseñará la victoria”.
En ese momento los dos interlocutores volvieron a ser silencio
de guerra. Arnold comunica que el vasco fue reclamado para hacer “un servicio
importante”, y mientras se alejaba con el fusil al hombro, el bohemio saltó la
trinchera, “para admirar el funcionamiento magnífico de una poderosa máquina de
guerra”, concluye con final abierto a la vida o muerte del anarquista que, no
olviden, regaló un 6 de enero.
lunes, 25 de diciembre de 2017
80 años de la masacre franquista de Navidad
196 hombres y mujeres fueron fusilados por las tropas franquistas en una
operación que comenzó el día de Navidad de 1937/Para desencadenar la matanza el
gobernador militar utilizó como excusa un falso complot republicano/ “A mi
abuelo Matías y a muchos otros les apresaron en plena cena de Nochebuena. Así
era la cruel pasta de los asesinos”, declara a Eldiario el nieto de una de las
víctimas
Fue el día de Navidad más sangriento de la historia de Cáceres. El 25 de
diciembre de 1937 un piquete compuesto por 60 guardias civiles fusiló a 34
hombres en el campo de tiro adyacente al cuartel del regimiento de Infantería Argel
27. Entre las víctimas se encontraban maestros, sindicalistas, militantes de
partidos democráticos y hasta cargos públicos como el alcalde de la ciudad, el
socialista Antonio Canales, y el presidente de la Diputación, Ramón González
Cid, de Izquierda Republicana. La ejecución masiva conmocionó a la ya de por sí
atemorizada población extremeña. Sin embargo, la orgía de sangre no había hecho
más que empezar. En los días siguientes se multiplicaron los fusilamientos en
la capital cacereña hasta completar la escalofriante cifra de 196 ejecutados.
El cerebro de
esta operación represiva fue el gobernador militar Ricardo de Rada, un general
africanista que se sumó desde el primer minuto al golpe de Estado contra la
República liderado por Mola y por Franco. Prácticamente toda la provincia de
Cáceres estaba bajo control de los golpistas desde el 22 de julio de 1936, pero
según ha documentado el historiador José Hinojosa, los mandos militares
franquistas siempre se sintieron amenazados por las unidades guerrilleras
republicanas que se infiltraban en su retaguardia desde la vecina Badajoz:
“Hubo una intensa actividad guerrillera dirigida por el comandante de milicias
y exlíder comunista cacereño Máximo Calvo Cano que llegó a instalarse
clandestinamente en la ciudad. De Rada, que había sido destinado a Cáceres en
julio de 1937, en contacto con sus superiores y especialmente con el general
Saliquet, denunció en diciembre la existencia de un complot republicano para
recuperar el control de la provincia. Como represalia por esa supuesta amenaza
empezó todo. Los estudios históricos han demostrado que ese complot nunca
existió”.
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