martes, 5 de marzo de 2013

Crónica de los días en que 400 obreras estuvieron al mando de Betsabé Espinal



Por Ricardo Aricapa
Hace 90 años en Bello, Antioquia, tuvo lugar una de las huelgas obreras más significativas de la historia sindical colombiana, no sólo porque paralizó por tres semanas el principal emporio textil de ese momento: la Compañía Antioqueña de Tejidos, mejor conocida como la Fábrica de Tejidos de Bello; sino porque quienes la impulsaron y sacaron triunfante fueron cerca de 400 mujeres obreras, en una época en que el rol social de la mujer no era precisamente el de ir por ahí promoviendo protestas y alborotando el cotarro, pues se entendía que su lugar natural era el hogar y la sumisión uno de sus valores preclaros. El “sexo débil”, mejor dicho.
La historia dice que entre 1919 y 1920 hubo en Colombia 33 paros de trabajadores que buscaban mejorar sus condiciones laborales. Pero eran paros desorganizados, más cercanos a la asonada y el motín, porque para entonces el sindicalismo apenas se estaba formando. Los paros más sonados fueron los de los artesanos de Bogotá, los mineros de Segovia, los ferroviarios del Magdalena, y los sastres y zapateros de Medellín, Caldas, Manizales y Bucaramanga. O sea todas protagonizados por hombres, porque era inconcebible un paro de mujeres.
El paro de las obreras de Bello fue el primero que se identificó con el rótulo de “huelga”, y, al igual que los paros precedentes, éste fue espontáneo, surgido de la desesperación de las obreras ante el maltrato y la explotación, rayana con la esclavitud, a la que eran sometidas Y la lideró una tal Betsabé Espinal, hasta ese momento una anónima obrera de 24 años de edad a quien sus compañeras respetaban y acataban por su talante decidido, don de mando y recio carácter.
Pero antes de avanzar en el relato de aquel suceso, es pertinente ubicarlo en su contexto histórico, y decir que aquella fue una época de iniciación industrial. Con el siglo XX estaba naciendo en Colombia la gran industria manufacturera, con epicentro importante en Antioquia, donde era normal que las fábricas emplearan mujeres y niños como mano de obra sumisa y barata. Es decir, el mismo esquema fabril que primó durante la revolución industrial de la Europa del siglo XIX.
Y esa irrupción de mano de obra femenina en las factorías fue un fenómeno socialmente importante, tanto que para 1920 el 73% de la fuerza obrera en el Valle de Aburrá la conformaban mujeres, solteras en el 85% de los casos; e igual proporción se daba en las trilladoras de café y en las fábricas de cigarrillos, oficios en los que las familias campesinas encontraron una buena opción laboral para las hijas solteras, porque la sociedad clerical de entonces no veía bien que por trabajar en las fábricas las mujeres casadas descuidaran su familia y su sagrada misión de amas de casa. “La fábrica es enemiga de las mujeres, enemiga de su cuerpo, de su alma, agotador de su salud y envenenador de su virtud”, rezaba una publicación católica.
La Fábrica de Tejidos de Bello fue la primera textilera a gran escala que nació bajo el modelo Manchesteriano. La fundó en 1904 Emilio Restrepo Callejas, uno de los empresarios pioneros de la Antioquia de entonces, además concejal de Medellín, reconocido latifundista y promotor de extensos cultivos de algodón y caña de azúcar. Pero sólo hasta 1908 pudo la fábrica empezar a funcionar, después de una inyección de capital. Y desde el principio sus telares emplearon mujeres, muchas de ellas niñas entre 13 y 15 años. Para 1920, cuando estalla la huelga, ocupaba unas 400 mujeres y 110 hombres.
Las obreras vivían en un ambiente casi conventual, porque al amparo del prurito paternalista de los industriales antioqueños nació una institución bastante curiosa y emblemática: los patronatos obreros, que eran casas-dormitorios para las trabajadoras solteras, administradas por monjas. En estos patronatos se modelaba la conducta moral y laboral de las obreras, y se vigilaba que no fueran influenciadas por la perniciosa ideología socialista que llegaba de Europa, inspirada en la Revolución Soviética. Un dato que habla del “espíritu” de estos patronatos es que el Día del Trabajo lo celebraban el 4 de mayo, con misa campal y velada recreativa dentro de las fiestas a la Virgen María, y no el 1º de mayo, fecha celebrada por las organizaciones obreras de tendencia revolucionaria. Un año atrás se había fundado el Partido Socialista.
Las razones de la huelga
Dependiendo el oficio que realizaran, el salario de las obreras en la fábrica de don Emilio oscilaba entre $0.40 y $1.00 la semana; mientras los hombres, por hacer el mismo oficio, ganaban entre $1.00 y $2.70. Un trabajador de construcción ganaba entre $3 y $3.60 semanales, lo que da idea de la explotación que pesaba sobre las obreras.Esto porque una idea aceptada socialmente era que el salario femenino constituía un ingreso familiar complementario, y eso justificaba su diferencia con el de los hombres.
Por eso la exigencia de un salario igual fue el primer punto en el pliego de peticiones de las obreras en huelga; lo mismo que la revisión del sistema de multas, pues ocurría que las multaban por llegar tarde, por estropear accidentalmente una lanzadera, por enfermar sin previo aviso, por distraerse en el trabajo, o por cualquier minucia que al capataz se le antojara. E incluso hubo denuncias de multas por negarse a acceder a las solicitudes sexuales de los capataces de la fábrica; y lo contrario: veladas dádivas por aceptarlas.
Precisamente el cese del acoso sexual fue otro punto central del pliego; y en ese sentido el supervisor Manuel Velásquez, hombre de escasa estatura, delgado y padre de 5 hijos, encarnaba el odio mayor de las obreras. 5 de ellas lo acusaron de forzar su despido por no acceder a sus pretensiones, y de ser el culpable de que una de ellas estuviera interna en la “Casa de las arrepentidas”, que era donde expiaban su culpa las mujeres violadas y deshonradas.
Una tercera exigencia era reducir la jornada de trabajo, que se extendía de 6 de la mañana a 6 de la tarde, con una hora para la ingestión de alimentos. Asimismo, exigían que se mejoraran las condiciones higiénicas en los galpones de trabajo y se aboliera la prohibición de asistir calzadas, pues don Emilio tenía la idea absurda de que las obreras perdían tiempo y se retrasaban tratando de no embarrarse los zapatos en el trayecto hacia la fábrica, de modo que lo mejor era que fueran descalzas. Además, decía, era una manera de conservar la uniformidad de las obreras dentro de la fábrica, pues la mayoría eran campesinas habituadas a andar a pie limpio, y era penoso ver a unas calzadas y a otras no.
Otro punto del pliego en el que hicieron harto hincapié, fue que se acabara la vigilancia cerril, las ofensivasrequisas a la salida de la fábrica, y el trato despótico por parte de Jesús Monsalve y Teódulo Velásquez, los dos administradores. De Monsalve, por ejemplo, decían que era tirano y grosero de palabra, acusación de la que él se defendía aduciendo que si estaban descontentas era porque estaba cumpliendo bien con su deber.
En tal sentido es elocuente la carta que Carlos E. Restrepo, ex presidente de Colombia, le manda a Emilio Restrepo, en la que se lee: “Bastante numerosas me parecen las horas de trabajo asignadas a las obreras de Bello y demasiado rígidas las condiciones en que lo hacen, especialmente si se mira el trabajo de las mujeres y los niños y las malas condiciones fisiológicas de nuestros trabajadores. Creo que ese camino si se extrema trae el anarquismo como consecuencia forzada y de ellos son los conatos de huelga que usted habla y que empiezan con nuestra primera fábrica”.
La huelga y la figura de Betsabé Espinal
En realidad las obreras venían intentando la huelga de tiempo atrás, e incluso en una ocasión paralizaron una sección de telares, pero fracasaron porque los administradores encontraron quien las reemplazara. Pero el 12 defebrero de 1920 el lance fue a otro precio. Ese día, antes de las 6 de la mañana, las líderes del movimiento se pararon en la puerta de la fábrica para convencer al resto de obreras y obreros de que no ingresaran. La totalidad de las mujeres acataron la orden y no entraron, pero los hombres fueron reacios y en su mayoría ingresaron, por lo que fueron blanco de las burlas inmisericordes de las obreras, quienes no sólo les gritaban cobardes sino que los incitaban a cambiarse los roles: que ellos se pusieran las faldas y ellas los pantalones. “Pollerones pendejos”, les gritaban.
Entre las que se pararon en la puerta a instigar la huelga estuvieron Teresa Tamayo, Adelina González, Carmen Agudelo, Teresa Piedrahita, Matilde Montoya y Betsabé Espinal, la más fogosa y decidida de todas, por lo que desde ese mismo día se erigió como la líder de la protesta y la que organizó a sus compañeras en comisiones. Y ante ellas de nada valieron las amenazas de los capataces ni los ruegos del cura de la parroquia, quien llegó a los pocos minutos para tratar de convencer a las obreras de que terminaran esa locura y regresaran al trabajo.
Y tampoco cedieron al día siguiente, cuando ya fue el alcalde de Bello y las autoridades eclesiásticas de Medellín quienes llegaron a tratar de convencerlas. Por el contrario, para ese momento la huelga se había generalizado y los poquitos obreros hombres que quedaron en la fábrica apenas alcanzaban para aceitar las máquinas y asear el edificio.
El tercer día, en el tren de las nueve de la mañana, una delegación encabezada por Betsabé viajó a Medellín a buscar solidaridad y a poner en conocimiento de la prensa la naturaleza de su movimiento y su pliego petitorio. Estuvieron en la Gobernación de Antioquia y en las sedes de los periódicos El Espectador, el Correo Liberal y El Luchador. “No tenemos ahorros para sostener esta huelga, solo tenemos nuestro carácter, nuestro orgullo, nuestra voluntad, y nuestra energía”, fueron las palabras de Betsabé que al día siguiente salieron publicadas en la prensa.
Betsabé, a quien una foto de aquel año muestra como una mujer cejona y bien plantada, tenía 24 años en ese momento. Había sido bautizada en la iglesia Nuestra Señora del Rosario de Bello en 1896, y por ser “hija natural” tomó el apellido de su madre: Celsa Espinal (que no Espinosa como erróneamente se ha difundido).
De su vida se conocen muy pocos datos. Se sabe que era muy hábil en el oficio del hilado y buena hija, dedicada por completo al cuidado de su madre. Y la razón de que hoy sepamos tan poco es que no tuvo más hermanos y tampoco nunca se casó, por lo que no dejó descendencia. De ella se sabe por el protagonismo que tuvo en aquella huelga, en la que su nombre estuvo en la mira de los periodistas. Uno de ellos escribió: “Surge una mujer de nombre bíblico a encabezar un movimiento huelguista, el primero, el único de alguna significación que ha podido llevarse a cabo en la tierra más impropia para las huelgas: Antioquia”. Otro le dio connotaciones de una Juana de Arco criolla, y otro más la definió como “una esclava rebelde, una mujer iluminada”.
Pero quien más se ocupó de la huelga y de la figura de Betsabé fue un cronista de El Espectador que firmaba con el seudónimo El Curioso impertinente, quien en el lenguaje florido del periodismo de la época escribió: “Honor a esos cientos de mujercitas que han tenido la locura galante y fértil de confrontar la resistencia y furia del capital, sin más equipaje que una buena porción de rebelión y dignidad… Cómo no secundarlas si son heraldos de una provechosa transformación social, si pueden ser las primeras víctimas ineludibles de toda revolución que se inicia”. Y en otra crónica describió el ambiente festivo que se vivía en torno a la fábrica de Bello, donde se ven “cuadros pintorescos de grandes grupos de obreras y obreros que cantan, bailan, juegan y dan vivas a la huelga, mientras los policías que vigilan están tan desocupados como ellos”.
Y por esa vía la huelga se volvió comidilla pública y generó una enorme simpatía entre la gente, no sólo de Bello sino también de Medellín. Tanto que una semana después, por iniciativa de los periódicos El Espectador y El Correo Liberal, ya se había conformado en Medellín un Comité de Socorro para recoger víveres y dinero para las huelguistas, y los estudiantes de medicina de la Universidad de Antioquia hicieron su propia colecta. Es más, una fábrica de tejidos de Medellín se ofreció a sostenerlas para que no cedieran, durante dos meses de ser necesario.
Logros y alcances de la huelga
Después de 21 días de parálisis, y gracias a la mediación de algunos empresarios y las autoridades departamentales, e incluso del mismo arzobispo de Medellín, Emilio Restrepo finalmente cedió a todas las exigencias de las obreras y eso, el 4 de marzo, marcó el fin de la huelga. Se acordó un aumento salarial del 40%, regulación del sistema de multas, jornada laboral de 10 horas y más tiempo para el almuerzo, permiso para ir calzadas a la fábrica, y el despido fulminante del “acosador” Velásquez y los dos odiados administradores.
Para ratificar el acuerdo, una delegación de obreras encabezada por Betsabé Espinal se dirigió a las oficinas de la empresa en Medellín. En la estación del tren las recibió una multitud de unas 3 mil personas que las acompañó en el trayecto, en el que, según la crónica periodística, hubo hasta insolados. Después la delegación fue objeto de varios homenajes, como la corona de laurel que pusieron en cabeza de Betsabé, quien en esta ocasión, encaramada en un taburete, pronunció un discurso memorable. Y más tarde los estudiantes de medicina le ofrendaron una serenata.
Por su parte El Curioso Impertinente, quien para entonces ya era un declarado fanático de las huelguistas, escribió un elogio de este tenor: “El triunfo de esta causa ha sido, pues, completo. Por eso batimos nuestras palmas entusiastas a esas heroicas y viriles mujeres de Bello, que han dado un altísimo ejemplo de valor a Medellín, a Antioquia y a Colombia”.
La huelga de Bello fue un hito en la historia del movimiento obrero colombiano; marcó una ruptura con la tradición de damas que sumisa y silenciosamente eran carne de explotación laboral y acoso sexual en las fábricas. Con esta huelga no sólo se dignificaron como obreras y como mujeres, sino que su ejemplo tuvo repercusiones. Una de ellas fue que en la Asamblea de Antioquia se presentó un proyecto sobre descanso dominical remunerado para los obreros, y en Bogotá otros grupos de mujeres extrajeron fuerza e inspiración para adelantar sus propios movimientos, como el de las capacheras y las telefonistas de Bogotá. También al ejemplo de las huelguistas de Bello se debe el paro que en 1929 protagonizaron 186 obreras de la fábrica Rosellón, en Envigado, para protestar por la rebaja de salarios y para exigir la destitución de algunos administradores abusivos.
El final trágico de Betsabé
No se sabe nada de lo que pasó en la vida de Betsabé Espinal en los años siguientes. Se presume que salió de la fábrica de Bello y fue a trabajar a Medellín, donde vivió en una casa aledaña al cementerio San Lorenzo (hoyNiquitao), en compañía de una amiga llamada Paulina González. A pocas cuadras de allí quedaba la residencia de María Cano, la otra gran líder obrera de la época, por lo que es muy probable que se hayan conocido y compartido alguna relación.
La muerte de Betsabé se produjo a causa de una descarga eléctrica, y fue documentada por el periódico conservador La Defensa. Según esta nota, en la que para nada se recuerda la gesta protagonizada por Betsabé 12 años atrás, el accidente se produjo de la siguiente manera:
La noche anterior, a causa de una tormenta, en la calle frente a su casa cayó un cable de energía eléctrica de alto voltaje (una primaria que llaman). Un vecino madrugó a alertar a todos del peligro que corrían, pero Betsabé en un acto temerario, propio de su carácter, hizo caso omiso y decidió solucionar el problema con sus propias manos. Así que fue hasta la primaria, la agarró para retirarla, y ahí mismo cayó electrocutada. Alcanzó a llegar con vida al hospital, donde falleció el 16 de noviembre de 1932, a la corta edad de 36 años.
El destino, que suele gastarse sus ironías, quiso que su muerte, con un mes escaso de diferencia, coincidiera con la de Emilio Restrepo, el dueño de la fábrica donde ella lideró la huelga que inmortalizaría su nombre.

lunes, 4 de marzo de 2013

90 aniversarios de la visita de Einstein a los locales de la CNT en Barcelona



En Cataluña las iniciativas culturales estaban a la orden del día, se fundaban nuevos ateneos como el Polytechnicum en la calle Sant Pere Més Alt y dentro de esta entidad Pau Casals constituía la Asociación Obrera de Conciertos. La Comisión de Cultura y el Patronato Escolar del Ayuntamiento de Barcelona se habían impuesto el deber de crear nuevas escuelas. La Mancomunidad y el Instituto de Estudios Catalanes dirigían la cultura con mayúsculas y la acercaban al pueblo. En esta sintonía cultural, el científico y matemático Albert Einstein, visitó Barcelona el 24 febrero de 1923. Einstein venía invitado por la Mancomunidad de Cataluña, a través de los Cursos Monográficos de Altos Estudios de Intercambio, para exponer su teoría de la relatividad. El científico llegaba a Barcelona convertido en una celebridad mundial, la prensa le calificó como el Newton del siglo XX y le comparaban con los grandes genios universales Galileo y Copérnico. La Vanguardia (25-2-1923), decía:
“Precedido de fama mundial ha venido a Barcelona el doctor Einstein, para explicar en un cursillo de conferencias su famosa teoría de la relatividad. En los Estados Unidos, en Londres y recientemente en París, alcanzó el sabio alemán ruidosos triunfos con sus conferencias dadas en las más importantes corporaciones y sociedades científicas.”
El científico alemán dio la conferencia inaugural en el salón de sesiones del Palacio de la Diputación Provincial, figurando en la presidencia el presidente de la Mancomunidad y de la Diputación Josep Puig i Cadafalch, el presidente de la Comisión Municipal de Cultura Sr. Viza, el diputado a Cortes Pere Coromines y el cónsul alemán. En la sala había representantes de las entidades e instituciones culturales barcelonesas. Al día siguiente, la conferencia fue en la Escuela del Trabajo, acto que fue presidido por Josep Puig i Cadafalch, Esteve Terrades y Rafael Campalans. El cronista recogía la impresión de la conferencia y manifestaba que el conferenciante, más que un sabio, parecía un profesor que se dirigía sencillamente a sus alumnos. Terminado el acto, la comitiva que hacía de cicerone de Einstein le paseó por algunos rincones de la ciudad y acudieron al Instituto de Estudios Catalanes y el Ayuntamiento de Barcelona.
El científico no quiso abandonar Barcelona sin visitar la sede de la CNT, así, el 27 de febrero, se presentó en uno de los locales del Sindicato Único, en la calle Sant Pere Més Baix. La sala estaba llena de obreros que ya habían oído hablar del compromiso social del científico. Los viejos y jóvenes anarcosindicalistas puestos en pie rendían un cálido homenaje emocionante al sabio alemán. Albert Einstein y Ángel Pestaña conversaron en francés, y el científico hizo un elogio de los obreros catalanes:
“Vosotros -dijo- sois revolucionarios de calle y yo soy de la ciencia”.
Solidaridad Obrera (11-3-1923), que se hacía eco de la visita de Einstein a la ciudad, afirmaba que el científico había aceptado presidir el III Congreso de la Asociación Mundial Internacionalista de Esperanto y recordaba su paso por el sindicato :
“Como recordaréis, camaradas, cuando Einstein estuvo en Barcelona fue a visitar a la representación obrera en el local de la Distribución, donde pronunció un elevado discurso, contestándole Pestaña en nombre de la Confederación Nacional del Trabajo.”
La CNT, a pocos meses de su regreso a la legalidad, había demostrado ser una organización fuerte y con las ideas claras. Una organización obrera que volvía a tener en sus filas miles de afiliados. Una organización con muchos militantes curtidos en las luchas clandestinas. Entre sus principales líderes, por encima de todos, destacaba la figura de Salvador Seguí "el Noi del Sucre", el cual en la conferencia que había pronunciado en el teatro Trianón habló de los valores de la civilización naciente:
¿Cuándo será resuelto el problema social? Cuando todos los hombres se formen en el espíritu de justicia [...] Que responda siempre por nosotros la justicia y la libertad que hayamos sido capaces de forjar, que son, sin lugar a dudas, los valores que deben poner el hombre en condiciones de liberarse moralmente, físicamente y económicamente. Esta será nuestra obra, esta es nuestra obra.
Fragmento del libro CNT. La Fuerza obrera de Cataluña de Ferran Aisa, Editorial Base, Barcelona, ​​2013).


sábado, 2 de marzo de 2013

Salvador Puig Antich, anatomía de un asesinato “legal”



Le tocó vivir en una dictadura fascista que, tras más de treinta años, seguía siendo tan sanguinaria y se encontraba tan fuerte como cuando ganó la guerra civil que provocó para acabar con el gobierno legítimo de la República. En aquella época, finales de los sesenta, los jóvenes de medio mundo salían a las calles porque querían cambiar un mundo injusto. La guerra del Vietnam, la revolución cubana y Mayo del 68, marcaron para siempre a aquella generación de idealistas románticos capaces de dar hasta la vida por los demás. Era un tiempo en el que no tomar partido, no luchar contra la dictadura, te convertía en cómplice pasivo de sus atrocidades. Él no lo dudó ni un instante y abrazó la causa que creía más justa: no solo acabar con la dictadura, sino con el sistema capitalista y ayudar a que los trabajadores tomasen el poder en una democracia de base que nada tenía que ver con las rígidas estructuras de sindicatos y partidos. Las posiciones anarquistas eran las que más se acercaban al ideal del mundo por el que quiso luchar. Empuñó las armas, pero no para cometer atentados terroristas o echarse al monte como habían hecho los maquis, sino para atracar bancos para conseguir el dinero necesario para editar publicaciones clandestinas de textos prohibidos por la dictadura que abriesen los ojos de la gente y para financiar la lucha del movimiento obrero apoyando huelgas y acciones directas. Se llamaba Salvador. Salvador Puig Antich. Le asesinaron cuando tenía 25 años. Hijo de una familia trabajadora de clase media, era el tercero de seis hermanos. Su padre había sufrido el exilio y había sido condenado a muerte por la dictadura y finalmente indultado cuando regresó a España. Estudió en un colegio de curas, La Salle Bonanova de Barcelona, hasta que le expulsaron cuando era un adolescente. De allí pasó a un internado en Mataró y acabó el bachillerato en el Instituto Maragall, compaginando sus estudios con el trabajo. En el Instituto conoció a Xavier Garriga y a Oriol e Ignacio Solé Sugranyes, con quienes poco después crearía el MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), desde el que organizaron y ejecutaron la mayoría de sus atracos a bancos. Su época universitaria estudiando Ciencias Económicas coincide con la de su mayor implicación en el MIL. Los trabajadores huelguistas se mostraban reacios a recibir el dinero que les ofrecía el MIL porque tenían miedo de que pudieran considerarles cómplices de aquellas acciones armadas. Entre 1972 y principios de 1973 es cuando el MIL se muestra más activo. Las rudimentarias medidas de seguridad de los bancos y el desconcierto inicial de la policía ante aquellas acciones, propician el éxito de sus golpes. Sin embargo, el 2 de marzo de 1973, en un atraco realizado por Puig Antich junto a Jordi Solé Sugranyes, Jean Marc Rouillat y José Luis Pons Llobet, se produce un tiroteo en el que el cajero del banco es gravemente herido. La policía se toma en serio al grupo y crea un equipo específico para perseguirles.
A partir de ese momento las cosas se complican, se producen discrepancias internas y la mayor parte de los miembros del MIL proponen su autodisolución. Puig Antich y otros compañeros deciden seguir luchando. El 15 de septiembre de aquel año atracan el que sería su último banco. Oriol Solé y José Luis Pons Llobet son detenidos. Poco después caen también la novia de Pons Llobet y Santi Soler que, torturado, confiesa que al día siguiente tiene una cita con Xavier Garriga, otro de los miembros del MIL. La policía utiliza a Soler para tender una emboscada a Garriga que, inesperadamente, acude acompañado de Puig Antich a la cita. Garriga iba desarmado y no opuso resistencia. Puig Antich se resistió al arresto y fue golpeado en la cabeza por los policías que le quitaron una pistola cargada y sin montar. Él siguió resistiéndose y los cinco policías le metieron junto a Garriga en un portal, el número 70 de la Calle Girona. En el forcejeo Puig Antich sacó un arma que llevaba en su espalda. Se escuchó un disparo que Garriga aprovechó para escapar. Dos de los policías le siguieron por la calle y varios transeúntes ayudaron a su detención. Estando en el suelo escucha varios disparos que vienen de dentro del portal. En el tiroteo muere uno de los policías, Francisco Anguas Barragán, de 23 años y cae gravemente herido Puig Antich, con una bala en la mandíbula y otra en el hombro. En comisaría obligan a Garriga a firmar una declaración diciendo que ha sido testigo de que Puig Antich ha matado al policía.
Los cuerpos del policía muerto y de Puig Antich son trasladados al Hospital Clinic, donde el doctor Barjau comprueba que el cadáver del policía está cosido a balazos ya que tiene cinco entradas de bala. La autopsia, en contra del procedimiento habitual, se realiza en una comisaría y no en el hospital, sin presencia de testigos. El cadáver fue inmediatamente embalsamado y enviado a Andalucía para su entierro imposibilitando la realización de pruebas posteriores. El informe oficial dice que el cuerpo presentaba tres orificios de bala que causaron la muerte al agente Anguas Barragán. Tiene un añadido a máquina hecho por los forenses en el que se hace constar que los tres orificios de bala son del mismo calibre, algo imposible de determinar porque las pistolas de los policías nunca fueron puestas a disposición judicial, por lo que nunca se pudieron realizar pruebas de balística. Los casquillos de las balas usadas en el tiroteo y las balas extraídas de los cuerpos de Anguas y de Puig Antich desaparecieron y nunca se presentaron al Juez. El informe de la detención especifica que de la pistola de Puig Antich salieron 4 balas y que una de ellas estaba incrustada en la pared. El Consejo de Guerra que juzgó y condenó a muerte a Puig Antich desestimó hacer la prueba de balística y no admitió ni uno solo de los testimonios ni pruebas que pedía la defensa de Puig Antich, ni siquiera la declaración del doctor Barjau, que había reconocido el cadáver del policía con los cinco orificios de entrada de bala en el Hospital, o la del propio Garriga, testigo directo de la detención, aunque sí se utilizó su declaración obtenida mediante tortura acusando a Puig Antich de haber disparado contra el policía. En el Consejo de Guerra, Puig Antich declaró que, tras haber sido golpeado en la cabeza y muy aturdido, sacó una pistola que llevaba a su espada y que hizo “uno o dos disparos sin apuntar y sin intención de herir a nadie, mientras estaba cayendo hacia atrás”. Bocigas y Fernández Santorum, los dos policías que junto a su compañero fallecido le arrestaron, reconocieron haberle pegado en la cabeza. Bocigas acusó a Puig Antich de haber disparado sobre Anguas Barragán. Según sus testimonios, Puig Antich disparó mientras caía de espaldas sobre Bocigas, que trataba de reducirle agarrándole por los hombros, sin soltar la pistola. Fernández Santorum declaró haber hecho dos disparos contra Puig Antich cuando Anguas ya había caído al suelo. El Consejo de Guerra fue una farsa criminal que condenó a muerte a Puig Antich sin siquiera juzgarle. Se celebró en un solo día, el 8 de enero de 1974. Si de la pistola de Puig Antich, según la propia policía, salieron 4 balas y una estaba incrustada en la pared, solo tres de sus balas podían estar en el cadáver del policía. Las otras dos que el doctor Barjau afirmó (y no le dejaron declarar en el Consejo de Guerra) haber visto en el cuerpo del policía muerto, solo podían provenir de las pistolas de los propios policías. ¿cuál de las cinco balas mató a Francisco Anguas Barragán? ¿Alguna de las de Puig Antich? ¿Alguna de las de los policías?. Nunca llegaremos a saber lo que realmente pasó dentro de aquel portal durante el forcejeo que se produjo. Aquel Consejo de Guerra se encargó de que no pudiésemos saberlo.
El 11 de febrero el Consejo Supremo de Justicia Militar ratificaba la sentencia que condenaba a Puig Antich a pena de muerte. Dieciocho días antes del juicio, el 20 de diciembre de 1973, se había producido el atentado de ETA contra Carrero Blanco. El régimen necesitaba una demostración de mano dura. Poco importaba que Puig Antich nada tuviera que ver con la muerte de Carrero, ni si era o no culpable de la del policía Anguas Barragán. El Gobierno presidido por Carlos Arias Navarro, en el que estaban como ministros Pío Cabanillas, Rodolfo Sanchez Villa y Manuel Fraga Iribarne entre otros, firmó el “enterado” el 1 de marzo (procedimiento obligatorio en los casos de pena de muerte según la legislación entonces vigente). A partir de ese momento ya solo Franco tenía la potestad de detener la ejecución. Por desgracia solo los partidos minoritarios de extrema izquierda, algunas organizaciones pro derechos humanos como el CISE presidido por Marcos Ana, el Vaticano y algunos mandatarios extranjeros como el Canciller alemán Willy Brandt y pocos más, se movilizaron pidiendo clemencia. El padre de Puig Antich envió un telegrama pidiendo piedad a Franco. Nunca recibió respuesta. La mayor parte de la izquierda española, entonces en la clandestinidad, y del centro y la derecha moderada, no movieron un dedo por salvar a Puig Antich, al que consideraban un exaltado revolucionario soñador y utópico. A las nueve y veinte de la mañana del día siguiente, dos de marzo de 1974, Salvador Puig Antich fue legalmente asesinado en el almacén de papelería de la prisión Modelo de Barcelona. Fue el último ejecutado en España mediante el garrote vil, un instrumento de tortura que, tras atar al reo a una silla con las manos esposadas en la espalda, le pone un collar metálico que le rodea el cuello que es apretado manualmente por el verdugo mediante una manivela hasta estrangularle y partirle el cuello.
Una vez ya muerto Puig Antich sí se movilizaron las conciencias “bienpensantes” y se organizaron protestas masivas contra su ejecución. Pero ya era tarde. Un dictador sanguinario y el silencio cobarde de los que luego pomposamente se han llamado a sí mismos “defensores de la libertad” y “demócratas de toda la vida”,  le asesinaron. Puede que una movilización multitudinaria no hubiera podido salvarle, eso no lo sabemos ni lo sabremos nunca, pero lo que sí es cierto es que quienes después han llevado a cabo la “modélica” Transición democrática en España no salieron masivamente a las calles intentando impedir este atroz asesinato legalizado. Estaban más preocupados intentando establecer puentes de diálogo con quienes, muerto Carrero Blanco, podrían negociar la salida de la dictadura, que en salvar la vida de aquel alocado joven anarquista que había pretendido cambiar el mundo y que, de no haber sido asesinado, podría haberles creado más de un quebradero de cabeza al poner en evidencia el vacío de sus discursos y sus peroratas.
Las hermanas de Salvador Puig Antich llevan treinta y ocho años pidiendo que se reabra el caso y se haga justicia con su hermano. Saben que ya no pueden devolverle la vida, pero sí el respeto y la dignidad que merece un joven de 25 años que dio su vida por intentar hacer de este mundo un mundo mejor. En 1994 la justicia militar española denegó la reapertura del caso alegando que era necesario aportar nuevas pruebas para poder hacerlo. En 2005 las hermanas reunieron cinco nuevas pruebas que podrían permitir que, por fin, se conociese la verdad de lo que ocurrió y se hiciese justicia: los testimonios del doctor Barjau y de otro médico que también vio el cadáver del policía, el doctor Latorre; el de Xavier Garriga; el informe forense; la prueba de balística y una prueba infográfica que permitía reconstruir la trayectoria de las balas que se dispararon durante el tiroteo. La Sala V del Tribunal Militar, por tres votos en contra y dos a favor, desestimó la reapertura del caso.
La película “Salvador”, de Manuel Huerga, y las constantes e incansables intervenciones públicas de sus hermanas contando esta historia en institutos, universidades y en todos los foros donde se lo piden, es lo que permite que Salvador Puig Antich no sea hoy asesinado de nuevo al condenar su nombre y su vida al olvido. Hoy, cuando no pueden evitar dejar caer sus lágrimas al ser aplaudidas por los chavales de los institutos donde han contado su historia, se sienten orgullosas porque saben que esos aplausos son para ellas, pero sobre todo son para Salvador, su hermano, un joven que jamás debió morir.
Quiero que despida esta entrada la canción que el cantante Joan Isaac compuso en 1976 a Margalida, la que fue amor de Puig Antich, una canción que nos ha acompañado siempre a los que vivimos y no pudimos evitar el asesinato de Salvador Puig Antich.
Nunca olvidemos quienes son nuestros enemigos Y jamás olvidemos a nuestros compañer@s muertos en la lucha. Muerte al estado fascista!!!